Wednesday 07 de December de 2016

Sindicalismo de opereta

J. Luis Medina Lizalde      26 Mar 2014 22:10:05

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La controversia constitucional interpuesta ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) por cuatro diputados locales en defensa de los empleados del Gobierno del Estado afectados, según los quejosos, de manera indebida con motivo del ISR, no ha merecido respuesta de parte de los funcionarios aludidos ni de los dirigentes formales de la organización gremial que aglutina a los trabajadores en cuestión.

Independientemente del desenlace, José Luis Figueroa, Alfredo Femat, Iván de Santiago y José Hernández evidenciaron la desprotección real de los trabajadores desde el punto de vista gremial. ¿Es acaso la libertad de asociación sindical un riesgo para patrones y gobierno al que hay que neutralizar en la realidad, aunque se encomie en el discurso?

La historia nacional apunta en esa dirección. Porfirio Díaz fue el primero en usar la fuerza bruta para aplastar las legítimas reivindicaciones obreras, lo mismo en Cananea, Sonora, que en Río Blanco, Veracruz, en negros episodios que hoy son motivo de condena oficial en cada aniversario.

Los miembros de la Casa del Obrero Mundial se aliaron con la facción revolucionaria triunfante y aportaron combatientes que derramaron sangre villista y zapatista; muy pronto iban a conocer a sus aliados cuando los líderes que recurrieron a la huelga en la ciudad de México fueron condenados al pelotón de fusilamiento por Venustiano Carranza, cuando ya la correlación de fuerzas le era favorable.

La brutal sentencia no se cumplió debido a que hubo quienes desde adentro se opusieron.

En la historia laboral de México el general Lázaro Cárdenas es el único gobernante que se la jugó con los obreros, así lo hizo cuando estos se enfrentaron a las compañías petroleras extranjeras y cuando los obreros regiomontanos reivindicaron sus intereses ante el ensoberbecido “grupo Monterrey”.

El resto de mandatarios se distinguieron por usar todo su poder contra los trabajadores, al mismo tiempo que de la boca para afuera reivindican el sindicalismo y el derecho de huelga; la lista es enorme: los mineros de Nueva Rosita, los ferrocarrileros, los profesores, los médicos, etcétera.

En la historia de los afanes sindicales, sobresale la combatividad de Jorge Negrete y los meritorios pero fallidos esfuerzos en pro del sindicalismo democrático de beisbolistas, futbolistas y actores de teatro, cine y televisión; todos derrotados por la acción concertada de patrones y autoridades.

Cayendo y levantando
El tufo antisindical del régimen permanece oculto en el discurso oficial lleno de piruetas verbales elogiosas del proletariado y sus luchas, haciendo del siempre disciplinado Fidel Velázquez el ícono de la “alianza” obrera con el Estado Mexicano.

Pero detrás de los ampulosos discursos, mediante el periodismo subordinado abrumadoramente mayoritario, se propagó el enfoque informativo hostil al sindicalismo real, para el que es sospechosa toda iniciativa no controlada por “el charrismo” (adjetivo que se emplea para describir al “líder” alineado al gobierno).

Los industriales de Monterrey auspiciaron el sindicalismo “blanco” en el que el control del “líder” lo tiene el patrón sin la intermediación del gobierno. ¿El sindicalismo libre de ilegítimos controles es incompatible con la buena marcha del centro de trabajo? Así pareció pensarlo la exgobernadora Amalia García cuando un débil intento de asociación sindical de empleados públicos fue abortado arbitrariamente por sus operadores.

El atraso y sus secuelas
¿El sindicalismo real espanta a los inversionistas? Los dueños de la Volkswagen en Puebla no pierden el sueño cuando sus trabajadores deliberan y luchan por sus reivindicaciones; tampoco a Carlos Slim le inquieta mayormente que los trabajadores de Telmex anden en malas compañías, como los del Sindicato Mexicano de Electricistas o las organizaciones con las que hace causa común para oponerse a la reforma energética, que a él sí convence.

Germán Larrea, el concesionario minero duro entre los duros, ya entendió que su odiado enemigo, Napoleón Gómez Urrutia, no pudo ser destruido debido a la activa solidaridad de los sindicatos mineros en Canadá y Estados Unidos, que se han convertido en la voz solidaria de los mineros que en México, por el mismo trabajo, ganan mucho menos que ellos.

El aldeano y ramplón antisindicalismo, herencia cultural del autoritarismo de más de un siglo de prevalencia, ha dado lugar a la proliferación de líderes de a mentiritas, obedientes del patrón y tiranos con sus agremiados, serviles y anhelantes de la vida regalada de la clase patronal.

El sector privado que tanto resiente la extrema debilidad del mercado interno paga las consecuencias de la ausencia de sindicalismo real; los gobernantes que ven con desconfianza la organización autónoma de sus trabajadores no han volteado a los regímenes modernos, pues sus referencias provienen del pasado caciquil.

Si los empleados públicos pudieran constituirse en gremio organizado deliberante y democrático en mucho ayudarían a mejorar la calidad del servicio público.

Nos encontramos el lunes en El recreo.
 




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