Sunday 04 de December de 2016

¿Trabajar es más difícil que estudiar?

Huberto Meléndez Martínez      29 Sep 2014 21:42:06

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Al profesor José Luis Huitrado Rizo, perseverante, paciente e inquieto en la docencia.

Intentando diversos mecanismos para convencer a sus estudiantes, aquel profesor de matemáticas, con frecuencia “se devanaba los sesos”, preparando sus clases, interpretando los contenidos del libro de texto, consultando la bibliografía existente, diseñando la mejor estrategia para que sus alumnos se interesaran por la clase.

Era una comunidad escolar noble y maleable como la mayoría. El maestro veía que la asistencia de los jóvenes era regular, animosa. Le parecía que sus estudiantes acudían porque anhelaban aprender y superarse.

Conoció educandos que llegaban con envidiable puntualidad y le dolía darse cuenta de la pasividad con que participaban en lo escolar. Al transcurrir de los años se dio cuenta de otra cantidad considerable de razones por las que los jóvenes van a la escuelas.

Una parte iba por obedecer el mandato de sus padres; algunos asistían sin conciencia propia, por inercia; otros les movía solo el hecho de que en la escuela podían relacionarse con personas de edades afines, hubo quienes literalmente solo buscaban calor humano; unos cuantos tenían conocimiento claro de las bondades en la preparación académica. El profesor percibía indolencia, poco interés en general por las asignaturas del programa de estudios.

Cierto día decidió discutir con los estudiantes una ocurrencia. Les dijo que él sabía que era más fácil el trabajo físico que el trabajo intelectual.

Los estudiantes manifestaron su desacuerdo argumentando que sus padres tenían trabajos muy pesados físicamente: haciendo adobes, acarreando agua, cortando leña, comercializando productos regionales en el ferrocarril, empleados en el cuidado de ganados, cultivando tierras de temporal, produciendo carbón, eventualmente ocupados en albañilería, comerciantes en baja escala, más del 90% de las madres ocupadas en labores domésticas, lavando ajeno, la mayoría sin empleo fijo ni seguridad social, mal reconocidos y peor pagados.

El profesor insistió en su afirmación, explicando que a pesar de estar todos ellos en la comodidad de un salón, soportar las clases solo unas siete horas al día, de lunes a viernes, con numerosas inasistencias por eventos cívicos o días inhábiles, sentados cómodamente, a resguardo de sol, frío, viento o lluvia, con casi tres meses de vacaciones al año. Aun así estudiar se consideraba una ocupación más difícil. Podía demostrarlo fácilmente planteándoles un reto.

Estuvieron de acuerdo en escucharle. Les dijo en son de broma: “Le pondré un 10 de calificación en matemáticas a todo aquel que ayude a excavar una zanja, por el lindero del área escolar, de 40 centímetros de ancho, 60 de profundidad y 50 metros de longitud”. Rápidamente algunos muchachos se pusieron de pie, avanzando hacia el maestro, empalmando sus voces para pedir permiso de ir a casa a conseguir las herramientas. Algunas jovencitas también dejaron sus pupitres y unos cuantos sonrieron, observando divertidos las reacciones de sus condiscípulos.

¿Será por esa razón que la juventud prefiere trabajar que estudiar?
Quizá estas percepciones sean áreas de oportunidad donde la docencia y la pedagogía deban presentar propuestas de atención.

Presidente de la ANPM




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