Tuesday 06 de December de 2016
»Memorias de un taxista  

Truco de un robo 

Redacción      29 Mar 2014 22:37:13

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(Cortesía)
(Cortesía)
“En el sitio de taxímetros de la avenida 16 de Septiembre y Bolívar, donde continuaba yo presentando mis servicios como chofer, vegetábamos la rutina del trabajo siempre igual y un tanto monótona, a pesar de las inquietudes que
México vivía en esa época álgida de la Revolución.

“Dentro de esa monotonía habíame tocado en suerte desde hacía dos o tres semanas, ser el preferido de un caballero de aspecto honorable, de modales muy distinguidos, que tarde venía al sitio y ocupaba mi taxi.

“Era un hombre como de 60 años de edad, casi un anciano, y por su manera de vestir adivinábase un extranjero aristocrático y más aún, confirmaba estas aseveraciones el hecho de venir siempre acompañado por otro hombre que a las claras se adivinaba su criado de confianza por la solicitud y las atenciones de que hacía objeto al citado caballero.

“Como he dicho a ustedes antes, esto ocurría desde dos o tres semanas anteriores, por lo regular cada tercer día.

Las órdenes para conducirlos me eran transmitidas por el “balet” de este personaje y casi siempre debía dirigirnos a una o a algunas de las joyerías de la calle de San Francisco (hoy avenida Madero); bajaban ahí haciéndome esperarlos a la puerta, mientras ellos seguramente efectuaban alguna compra.

“Después me hacían conducirlos a Chapultepec o a cualquier otro lugar de la ciudad, a guisa de paseo y por fin los llevaba a su residencia ubicada en la calle de Pomona de la colonia Roma.

“Ahí volvían nuevamente a descender y las puertas del severo palacete se abrían para dar paso a estas gentes, no sin antes pagarse con largueza el alquiler del taxi.

“En una de tantas excursiones y mientras el anciano caballero salía de su compra habitual en una de tantas joyerías, su acompañante en tono confidencial me hacía saber que el anciano aristócrata era nada menos que el Barón “X”, cuyo nombre no recuerdo, pero que era ampuloso, rimbombante y que él, su acompañante, era su ayuda de cámara.

“Y pasaron dos o tres semanas más, llevando y trayendo al Barón y a su ayuda de cámara, hasta que por fin ya no volvieron y las cosas hubieran quedado ahí sin ninguna importancia, formando partes de la rutina del trabajo de un chofer al servicio del público, a no ser porque uno de tantos días dos agentes de la Jefatura de Policía se presentaron en el sitio, inquiriendo por quién o quiénes eran los choferes que conducían a un personaje cuya filiación coincidía con la del Barón, incluso la de su ayuda de cámara.

“Claro que se les hizo saber que era yo el que los había conducido siempre, motivo por el cual se me suplicó dar algunos puntos de información en la Jefatura de Policía, relacionados con ciertos hechos que me harían saber allá en las oficinas policiacas.

“Ya ante la presencia de los jefes de las investigaciones, había dos señores italianos, haciéndome saber que fueron los dueños de una de las joyerías a la que concurrían habitualmente mis dos personajes.

“El inspector de policía empezó por describirme a esos aristócratas (mis clientes) a los que reconocí por dicha descripción e inmediatamente me pidió este mismo funcionario que dijera todo lo que sabía de estas personas, relatándoles desde luego cuanto conocía y sabía.

“Que el más viejo se hacía llamar por el otro, su ayuda de cámara, según el mismo Barón de “X”; que venían al sitio de taxis regularmente cada tres días y que invariablemente se me hacía ir a la joyería de la calle de San Francisco; que luego los señores daban un paseo por Chapultepec o por cualquier otro lado y luego los conducía a su domicilio de la calle Pomona, un palacete de cantera con verjas de hierro, cuyo cancel, siempre habría un portero de buena presentación portando un mandil de criado de buena casa.

“Que se me pagaba con esplendidez, dándoseme magníficas propinas y que eso era todo lo que yo podía decir y sabía de estos caballeros.

“A mi vez me permití hacer una pregunta al alto jefe policiaco y éste amablemente, cosa extraña en funcionario de aquella época, me informó que la policía tenía serias sospechas de que el llamado Barón y su ayuda de cámara fueran dos ladrones internacionales, pájaros de mucha cuenta, que se hacían pasar por gentes honorables y de buen vivir.

“El jefe de policía notó en mí una sonrisa de incredulidad y de pronto dijo: ‘No se ría, amigo, también estos señores (y me señaló a los dueños de la joyería) no pueden creer en que ese personaje, tan honorable al parecer, sea un ladrón vulgar y un pájaro de cuenta, pero en fin, veremos y diremos.

“Y luego añadió: ‘Aahora va usted a llevarnos a la residencia a que los conducía usted habitualmente.

“-Claro que sí, señores, los llevaré a ustedes y se convencerán de que no es lo que se figuran de esas personas.
Abordamos uno de los coches del servicio de policía y en un momento estuvimos frente a la casa del Barón.

“-Aquí es, señores, dije.

Descendimos y el jefe de la policía en persona llamó a la puerta; nadie acudió a abrir, se volvió a llamar una y muchas veces y nadie acudió.

“-¿Ven ustedes?, dijo, aquí no hay nadie”...

Continuará... Sigue el próximo domingo el descenlace de este capítulo 
Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jimpenez Delgado
Biblioteca de la Crónica del Estado.  




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