Friday 09 de December de 2016
»Choferes de la la Revolución y su paso por Zacatecas en 1914  

Un automóvil científico 

Redacción      12 Apr 2014 22:52:58

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(Cortesía)
(Cortesía)
"Como he dicho a ustedes en relatos anteriores, era yo uno de los choferes del sitio de taxímetros de la Calle Bolívar y 16 de Septiembre de la Ciudad de México, de los primeros en presentarme a su trabajo, durante todas las mañanas.

Ese día como tantos otros, me ocupaba en sacarle brillo a fuerza de pulirlos a las partes latoneadas de mi táxi Renaud, y estaba por completo abstraído en esta tarea, al grado de no darme cuenta de que había llegado otro taxímetro, el que era manejado por mi compañero Gonzalo Cabral, a quien le apodábamos “Patotas”, debido a lo descomunal de su calzado y a lo boludo de sus pies, como consecuencia de tantos y tan enormes callos y juanetes.

"Cabal era uno de esos españoles provincianos que la Madre Patria nos envía sin bruñir y duro de cabeza como si se tratara de cantera de Chiluca. Mi entretenimiento tampoco me permitió ver qué “Patotas”, poco después de su llegada al Sitio entablaba una discusión acalorada con alguien a quien se encontraba a su arribo, y solo vine a percatarme de esto hasta que vinieron a mí, al mismo tiempo que Cabal decía: “ese, ese es el mecánico y es mexicano y yo no, yo apenas soy “chafiur” a quien se dirigía señalándome a mí; eran tres sujetos mal encachados, pésimamente uniformados y tocados por tejanos gracientos y provistos de enormes carabinas y cananas llenas de tiros cruzadas sobre el ´pecho.

"Estos sujetos sin preámbulos ni titubeos me dijeron: “ándale amigo, acompáñenos, lo necesitan por allá por el Cuartel General. Y no me valieron protestas, ni pretextos que argüí, sino que me hicieron caminar a empellones en medio de ellos abandono mi taxi y mi chaquetín, completo de mi uniforme de chofer, obligándome a ir en camisa.

"Lo primero que se ocurrió fue que estos sujetos para lo único que podían necesitarme era para pasarme por las armas en las mismas condiciones que se fusilaba en el tiempo del odioso régimen Huertista, época de este relato, por causas valadies o por pretextos de inventiva revolucionaria.

"La cara de contento que puso “Patotas” al verme tratado en la forma soez y brutal, era de burla y a las claras comprendí hasta entonces que éste había sido mi enemigo gratuito.

"Me llevaron a pie mis custodios hasta uno de los Cuarteles de la Ciudadela, a donde me metieron con todo género de majaderías y lujo de fuerza para encerrarme en una pieza de junto a la entrada en donde descanzaban dormidos a pierna suelta soldados malolientes y asquerosos. 

"Una hora después vino hasta mi un individuo que parecía yaquí, alto, moreno, de cara angulosa y con ojos enrojecidos seguramente por el exceso de alcohol, mismas que trascendían hasta mí y que salían en oleadas desde la bocaza del soldado .

"Penetró donde yo estaba de pie y sin decirme una sola palabra me tomó del brazo y de un empellón brutalmente me puso fuera de su aposento. Ya ahí me dijo: “camine para allá (hacia el interior) le habla mi General –y otra vez a empellones- me hizo llegar hasta una especie de Oficina donde había mucha gente armada, todos al parecer de mal humor y con caras de perdona-vidas.

"En el último escritorio estaba un señor de pómulos pronunciados, de piel tostada por el sol y tocando con un sombrero tejano gris flamante y una chamarra de gamusa con muchos adornos de cuero. Entonces mi brusco acompañante dijo dirigiéndose a él, al hombre de la chamarra, -“hay está mi general”- .  


"El aludido me miró de arriba a bajo, y después de un momento de exámen me dijo: -“Va usted a ir con una escolta a traer un automóvil que está por ahí, y mucho cuidado con lo que va a hacer” .

"Acompañado de un oficial y cuatro soldados, salimos del Cuartel y a pie nuevamente recorrimos la distancia que hay de la Ciudadela al Paseo de la Reforma, cuyo paseo o Avenida recorrimos hasta una residencia de aspecto señorial a cuya puerta nos detuvimos. Entonces uno de los soldados llamó repetidas veces fuertemente con la culata de su mausser antes de que viniera abrir un viejecito de cara bondadosa con aspecto de sirviente que dijo –¿Que se les ofrece señores?.

"El oficial entonces con voz altanera contestó: “Por orden del Cuartel General, venimos por el automóvil que tiene está casa y que es propiedad de los malditos científicos que vivían aquí “.    . 

"El anciano titubeo antes de contestar, sorprendido seguramente por la forma en que nos presentamos y sin dejarnos el paso franco dijo: -Aquí no hay ningún automóvil, señores, es decir, sí pero es un auto descompuesto y muy viejo que la familia ya no usaba desde hacía mucho tiempo.

"-No le hace, - volvió a decir el oficial- nosotros venimos por él y nos lo llevamos como esté". 

Sigue las aventuras del taxista cada domingo 
Continuará... 


Extracto de Choferes de la Revolución 
Autor: Luis Jiménez Delgado 
Biblioteca de la Crónica del Estado 




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