Saturday 10 de December de 2016
»Memorias de un taxista  

Un padrino de honor 

Redacción      22 Mar 2014 21:38:15

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Luego de haber pasado por experiencias aterradoras, el chofer del taxi 13 llevó a un joven y su tío a Coatlinchán, donde contraería nupcias.

En el capítulo anterior describió el asombro con que la gente lo observaba e incluso temía al auto que conducía.

“Mis clientes vivían en la plaza principal, la única creo yo con que contaba el pueblecito, como a 50 metros de distancia de la iglesia, y según pude enterarme pertenecía a una de las mejores familias de la localidad.

“Ellos también eran admirados, tal vez por ser los autores de tan fausto acontecimiento, ya que jamás antes había pisado las calles del pueblo un coche sin caballos.

“En la casa de los novios todos estaban preparados: adornos florales y los vestidos planchados y almidonados de las gentes invitadas a la ceremonia. Terminados todos los preparativos, llamaron a misa, la de 12, que era en la que el matrimonio debía efectuarse.  

“En la puerta de la casa de la novia, al fin apareció acompañada de su tío, según supe. Éste era un hombre excesivamente gordo que la instó para que subiera al auto, a lo que ella se rehusó en forma terminante al grado de que hubieron de intervenir todos sus familiares, inclusive el novio, a fin de conseguirlo.

“Este último abordó el auto en el último término y en estas condiciones lo eché a andar para recorrer los 50 metros que nos separaban de la iglesia, y en cuanto llegamos a su pórtico (un minuto después) descendieron con caras descompuestas.

“Acto seguido, vino el señor gordo hacia mí para suplicarme que dejara el automóvil solo a efecto de que fuera yo quien acompañara a la novia en calidad de padrino, puesto que esto ya se había decidido en familia y que se sentirían muy honrados si yo aceptaba.

“No hubo manera de escabullir el bulto y aceptando di el brazo a la novia para conducirla al templo.
"En nuestra marcha, la muchacha a hurtadillas me veía de un modo muy especial, tal y cual yo fuera un ser de otro mundo o la figura del enemigo malo en persona.

“A pesar de esto, seguí caminando con paso lento y majestuoso para hacer entrega de la novia al novio en el dintel de la puerta del sagrado recinto. Ya frente al altar mayor, el señor cura me colocó en un reclinatorio a la derecha del novio.

“Por fin terminó la ceremonia y otra vez todos a bordo del taxi volvimos a desandar lo andado; es decir, los 50 metros de regreso. Descendimos y yo fui invitado solamente, otra vez por el hombre gordo, a penetrar a la casa y sentarme a la mesa, la cual había sido preparada para la comida de la boda.

“Como debe suponerse, no faltó el exquisito mole de guajolote, la barbacoa, el guacamole, los frijoles refritos, las tortillas calientes y los sendos jarros de pulque curado de apio. Terminado el banquete, se dieron providencias para que empezara el baile.

“Mis clientes, es decir, el novio y su tío, acompañados del señor gordo, a quien llamaban don Cleto, se acercaron a mí para arreglar cuentas. “Fuimos al taxi y contándoles el tiempo, arrojó la suma de 94.50 pesos, naturalmente, sin incluir el tiempo y kilometraje de regreso que importaban 41 pesos, según el tiempo y kilometraje que marcó el aparato a nuestra venida, y ahí estuvo lo malo, porque a los señores les pareció esta suma fantástica, ya que habían calculado que, cuando mucho, ascendería a 15.00 pesos.

“Sus fisonomías adquirieron el rictus de la consternación y del enojo, y quién sabe que hubiera ocurrido a no ser por la oportuna intervención del señor cura y del señor alcalde, que fueron llamados para decidir en la cuestión.

“Estas personas convinieron en que estaba yo en lo justo, pero he ahí que apareció lo más terrible de las dificultades, ya mis clientes no tenían esa suma y les era imposible reunirla de momento.

“Entonces me fueron propuestos como pago un caballo tordillo propiedad de don Cheto, una burra parda propiedad del tío del novio y el resto en dinero.

"Les expliqué que me era imposible aceptar estas “chácharas” como pago del alquiler del taxi que me adeudaban, ya que no estaba autorizado por la empresa para hacer esta clase de operaciones, de ahí que el conflicto continuaría latente.

“A estas alturas mis clientes se apretaban las manos en señal de desesperación, y, para colmo de sus desdichas, todo el mundo se enteró del conflicto. Por fin, después de mucho pensarlo, el señor cura se ofreció a conseguir el dinero y liquidarlo todo; emprendí el regreso dejando la consternación y el asombro de todo el pueblo”.

Continuará... 
Sigue las hazañas de los Choferes de la Revolución cada domingo


Extracto de Choferes de la Revolución. 
Autor: Luis Jiménez Delgado. 
Biblioteca de la Crónica del Estado. 




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