Tuesday 06 de December de 2016
»El chofer del taxi número 13 se reincorpora a las labores 

Un padrino de honor

Redacción      15 Mar 2014 22:41:24

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“No todo en la vida de chofer es tragedia y dolor, también hay días de alegría y de sano esparcimiento, como aquel que quiero relatar ahora.

“Después de la tragedia de mi viejo taxi número 13, la empresa aprovechó los días de obligado por las averiguaciones judiciales para repararlo y pintarlo, de tal manera, que cuando volvimos él y yo a la vida normal en el sitio, éste iba flamante, como nuevo.

“El principio de nuestras labores era a las 7 de la mañana. A esa hora comúnmente ya los taxímetros estaban lavados, engrasados, correctos de aceite, llenos de gasolina y, en una palabra, listos para el servicio cotidiano.

“Ese día, uno de tantos del mes de octubre, fui de los primeros en presentarme al sitio y mi auto venía flamante de limpio.

“A esas horas de la mañana, las calles de México aún se ven un tanto solas, transitadas apenas por obreros presurosos a llegar al trabajo, veloces voceadores de prensa y panaderos y lecheros retrasados.

“Pero no obstante eso, en la banqueta del sitio mismo, recargados en la pared, estaban plantados dos sujetos de aspecto humilde, de esos rancheros que vienen a la metrópoli en viaje de recreo y que se atavían en forma estrafalaria, al grado de que muchas ocasiones causa regocijo verlos tan endomingados, como suele decirse, de tanto almidón en la camisa.

“Me extrañó que estas dos personas desde mi llegada se fijaran en mi taxi y en mí de forma harto insistente, sin embargo no di ninguna importancia a esto, debido a que ese año, 1913, eran tan pocos los automóviles en circulación en la Ciudad de los Palacios, que siempre eran admiración de nuestros pueblerinos.

“De improviso estos dos hombres vinieron directamente a mí y, un tanto cortados, con titubeos, me dijo el más joven: ‘Señor, qué tanto nos cobra por alquilarnos a mí y a mi tío (su acompañante) el automóvil que usted manija, pos ha de saber asté, que me quero casar allá en mi pueblo’.

“-Bueno, dónde está el pueblo?, contesté.

“-Ah, pos allá, no sabe usted…? En Coatlinchán, un ladito de Texcoco.

“-Muy bien, les vamos a cobrar exactamente lo que marca este aparato (y les mostré el reloj marcador del tiempo y kilometraje, haciéndoles un amplio informe del detalle de su funcionamiento).

“Al parecer entendieron bien la explicación que les di y conviniéndolo en todo subieron al auto, que puse en marcha inmediatamente.

“Cruzamos la ciudad y no bien nos encontrábamos en pleno camino, cuando uno de ellos, el más viejo, suplicante me dijo: ‘Pare señor, por su madrecita.

“Lo hice y esperé que bajara, pero no hizo tal, sino que se dio a forcejear con la portezuela hasta que otra vez dijo: ‘Quítele la tranca a esta puerta, señor. Y le abrí y se precipitó hacia abajo densamente pálido y con un gesto de desolación y asco en el semblante.

“El mareo había atacado a este hombre arteramente. El más joven no había dicho nada, pero aprovechó la oportunidad para hacer lo mismo.

“Cuando todo hubo terminado, emprendimos la marcha nuevamente sin ningún contratiempo al parecer, pero es el caso que en una discreta volteadita que di hacia atrás para mirar a mis clientes, éstos habían enterrando la cara en el asiento, tapándose con sus sombreros anchos para no ver el camino, seguramente con el propósito de que no se repitiera la escena anterior.

“Pocos kilómetros antes de llegar a Texcoco, tomamos un pequeño sendero, camino de herradura que había a la derecha del camino real que conducía al pueblecillo de Coatlichán.

“Este sendero lo limitaba de uno y otro lado altas cercas de piedra, órgano y magueyes. A lo largo de esta brecha había un sin número de rancherías cuyos habitantes acudían a vernos pasar entre disgustados y absortos, entretanto la chiquillería se desbandaba gritando y los perros nos aturdían con sus ladridos.

“Por fin llegamos al pueblo y, creo sin temor a equivocarme, que desde el primero hasta el último de sus moradores vinieron a admirarnos (a mi taxi y a mí) congregándose en nuestro derredor a una distancia conveniente como para que el auto no fuera a hacerles daño.

“Las ruedas de goma, los faros latoneaos. Las palancas, el volante, la carrocería, mis polainas, mi cachucha y sobre todo la corneta, fue objeto del más minucioso examen, provocando todo ello exclamaciones de asombro”...

No te pierdas el desenlace del capítulo el próximo domingo




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