Sunday 04 de December de 2016

Un pueblo que ya cambió

Javier Torres Valdez      21 Apr 2014 20:10:06

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A quienes nos tocó la fortuna de vivir nuestra niñez en torno a la década de los 50, nos resulta grato recordar cómo era nuestro Jerez en aquellos tiempos. Hoy día la mancha urbana crece por los cuatro puntos cardinales y gradualmente vemos como van quedando dentro las rancherías conocidas como El Molino y Ciénega. Y no pasará mucho tiempo sin que llegue la ciudad a la Colonia Benito Juárez y Ermita de Guadalupe.

Todavía en la mitad del siglo 20, la parte poniente de la ciudad era integrada en su mayoría por huertas de chabacanos, duraznos, peras, manzanas, membrillos, cerezas, uvas y nogales. Además, en dichos lugares se cultivaban rosas, azucenas, violetas, dalias y claveles, mismas que se vendían en las puertas de los domicilios de los propietarios de esos predios.

Quienes éramos niños en esas fechas nos regocijábamos en amarrar con un hilo una piedra, que luego arrojábamos a las ramas que daban a las calles de La Acordada, del Ciprés, de Las Flores y de La Fortuna para alcanzar a cortar algunas manzanas, que aun cuando estaban verdes, hacían las delicias de nuestro paladar con un poco de chile y sal. Otros más atrevidos se metían por las acequias y dentro de las huertas se daban el lujo de escoger la fruta madura, la que disfrutaban tirados en el piso para que no detectaran su presencia.

Todas las huertas eran regadas con agua del llamado río Grande, que por aquellas fechas tenía un caudal permanente, y dado que no existía todavía un sistema de agua potable, cientos de mujeres invadían las riberas del río con sus artesas de madera de álamo, donde lavaban la ropa que era tendida sobre los jarales que en forma abundante existían junto al río.

El agua para regar las huertas se tomaba de un lugar conocido como “La Hierbabuena” o “Toma del Canal de los Indios”; de ahí por medio de acequias o canales llegaba hasta “El Compartidor”, de donde partía un ramal hasta el rancho Guadalupe, y de ahí hasta unas pilas que por aquel entonces se les llamaba “Baños del Vergel”. De ahí continuaba regando todas las huertas del poniente de la ciudad. De esa corriente llamada Acequia de la Alameda se desprendía otro ramal que regaba varios cultivos, atravesaba por un costado de la plazuela (hoy escuela López Velarde) y llegaba hasta la huerta de la Virgen (hoy Club de Leones) para terminar en el Jardín Hidalgo y atrio del Santuario. Esa agua corriente formaba un laberinto de conductos, pues también regaba el jardín principal y continuando por la calle San Luis torcía a la derecha en la calle 5 de Mayo, para regar el llamado Jardín de los Soldados, pues ahí enfrente se encontraba el Cuartel del 38 Regimiento de Infantería; hoy se le llama Jardín Juárez.

Al agua de nuestro río todavía no se le descargaban los drenajes: era limpia y apta para el consumo humano, pues a falta de purificadoras (que ahora hay por docenas) había tres personas que recogían agua de unos pocitos que tenían junto a la corriente y luego cargaban sus burros con cuatro botes de 20 litros cada uno y recorrían las calles vendiendo a centavo el litro, sin hacer ruido, ni incomodar al vecindario.


Los espacios donde ahora se encuentran las instalaciones de la feria y el campo de fútbol infantil eran sembradíos de maíz, pues aunque eran terrenos federales, se le habían otorgado en arrendamiento a Juan Santoyo Quezada, y a otra persona de apellido Ramírez.

Los frutos que se recogían en las huertas del poniente del pueblo eran trasformados en conserva de durazno, chabacano, en cajeta de manzana y membrillo, o en vino Jerez y de nogal. Esos productos eran muy solicitados por los visitantes, que aunque pocos, daban vida a otros productos caseros como el pinole y el chocolate casero.

Existían dos fábricas de este último producto y ocupaban no menos de 30 personas. Sus propietarios eran Trinidad Correa y Sabás Fernández Villaneda. Los hijos y nietos de este último continúan con la tradición de fabricar el producto.

La vegetación de Alameda Poniente era tan cerrada que por el invierno, cuando los álamos sueltan sus hojas secas, la chiquillería juntaba enormes montones, y luego trepaba a los árboles desde donde se tiraban a una altura de tres, imitando al Capitán Maravilla, héroe de películas.




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