Saturday 10 de December de 2016

Un rapto

Redacción      8 Nov 2014 22:06:09

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En la primera parte de este capítulo, el taxista relató cómo tomaron la noticia de la muerte de su amigo El Ratón.

Sin ánimo de nada, recibió la orden de sacar su auto para transportar a un coronel y pese al temor por lo ocurrido, la acató.

“Aguascalientes en ese día estaba más sombrío que nunca, o por lo menso a mí me pareció, porque a esas horas solo las calles céntricas se veían con escasa animación, el resto era soledad y sombras.  

“Del Palacio de Gobierno sacamos hasta cinco cajas pesadísimas que según dijeron eran de pistolas 45, que las colocamos de la mejor manera a bordo del auto.

“Salimos de ahí con dirección a la estación, deteniéndonos en uno de los patios más lejanos, en cuyo lugar había un tren formado y al parecer listo para salir.

“Dejamos las cajas del parque a bordo de uno de los carros. El tren estaba coronado materialmente de gente armada y la máquina ya se encontraba pegada al convoy, de suerte que indiscutiblemente el tren saldría minutos después.

“Acabada la faena del embarque del parque, el coronel Gardel llamó a parte a tres o cuatro individuos que no eran soldados, habló con ellos en voz baja por largo rato y después juntos abordaron mi automóvil, dándome orden de volver al centro de la ciudad.

“Ya ahí, y no muy lejos de la plaza principal, se me hizo detener frente a una residencia de severo aspecto. Paré el coche a la puerta y uno de los ocupantes del auto descendió llamando a la puerta, saliendo a abrir momentos después un hombre con aspecto de criado, el cual preguntó en tono amable, qué se le ofrecía.     

“‘Queremos hablar con el señor X (omito el nombre)’.  

“‘Ya se acostó, señor, pero si le urge le pasaré el recado…’

“‘Sí, si me hace favor, le dice que traemos un recado urgente de mi general Villa y que solo a él personalmente se lo podemos dar. 

“‘Muy bien, ahorita voy a despertarlo para decirle’, contestó.

“Y el hombre se retiró dejando entre abierta la puerta, tal vez por exceso de educción para no dar con ella en las narices del militar.

“En cuanto se hubo retirado el criado, el que llamó a la puerta hizo señas a los que habían quedado a bordo del auto, y estos descendieron, incluso el coronel Gardel que me dijo en tono imperativo:

“‘No pares la máquina, para cuando regresemos, echa a andar tan de prisa como puedas’.
“‘Muy bien’, contesté.


“Acto contínuo, los cuatro penetraron en el interior de la residencia, que a esas horas estaba completamente en tinieblas, según pude observar por la puerta entreabierta.

“Los asaltantes no hicieron el menor ruido al entrar, por lo menos penetraron en forma sigilosa, no oyéndose ningún ruido durante los primeros minutos, pero poco después se escucharon gritos angustiados de mujer y tonantes y repetidas voces de hombre para degenerar en una especie de tropel, que se resolvió con la aparición de uno de los acompañantes del coronel en la puerta, el que ayudado por otro, traían a cuestas un pesado fardo envuelto en una cobija.

“Detrás de ellos, otro asaltante y por último el coronel Gardel, el cual, al salir, cerró estrepitosamente la puerta tras de sí, al mismo tiempo que me gritaba: ‘Vámonos’.

“Todos se acomodaron en el auto precisamente, al grado de que el último subió ya casi cuando el automóvil estaba en movimiento. Entonces fue que me di cuenta de que el fardo era nada menos que una mujer, a quien no pude ver la cara debido a que la traían materialmente cubierta con una frazada, pero sí pude oír claramente los lastimeros sollozos que exhalaba.

“El coronel habló tan luego como dimos vuelta a la primera esquina, diciéndome:

“‘Dale para la estación, pero como de rayo, ya sabe a dónde’.

“Así lo hice y tan veloz como pude llegamos al tren en pocos minutos, el que aún estaba allí para salir. Nadie nos había perseguido y esto tranquilizó un tanto a los asaltantes de la residencia, uno de los cuales dijo:

“‘Vaya, salió  mejor, sin matar al viejo…’

“Bajaron precipitadamente del coche y rápidamente subieron el cargamento humano a uno de los carros-cajas del tren, seguramente el que ocupaba el Coronel y su impedimentada, entonces el coronel Gardel vino hacia mí para decirme:

“‘Anda, vete y mucho cuidado con hablar, porque te costará un poquito caro’.

“Se retiró sin más, volviendo a su carro y cerrando la pesada puerta tras él, mientras yo viraba para volverme al garage con una mordaza difícil de quitar”.

Continuará..

Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado





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