Sunday 04 de December de 2016
»Memorias de un taxista  

Una fuga sensacional 

Redacción      15 Feb 2014 22:41:04

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(Cortesía)
(Cortesía)
Fue en las postrimerías del año de 1910. Yo manejaba un flamante Pácakard de cuatro cilindros, modelo de ese mismo año, de color obscuro y propiedad de un súbdito inglés.

Pertenecía al sitio de autos de alquiler de la avenida Juárez, entonces el único en su género, ubicado en el extremo suroeste de la Alameda Central, en competencia con los viejos taxis Renauld.

Esa mañana, fría como son todas las mañanas de la Ciudad de México, aún en los meses cálidos, leía yo plácidamente El país, diario matutino, arrellenado en el asiento delantero, cuando por el lado izquierdo se acercó un joven correctamente vestido, como de unos 23 a 25 años, y, un poco turbado me dijo:

- Perdone usted. ¿A quién le apodan El Comas?

- No señor, no soy yo; El Comas acaba de salir, maneja un auto parecido al mío, pero…. Si en algo podemos servirle….

-Sí, sabe usted, yo quiero un coche para un viajecito, solo que en este momento, sino a eso del mediodía.

-Muy bien, yo puedo ir, sólo le ruego me indique dónde debo buscarlo y a qué horas, a menos que prefiera usted venir al sitio.

-No, no puedo venir, mejor lo espero a usted a las 2 de la tarde en punto en la esquina que forman las calles de Commonfort y Calle Real de Santiago, es decir, en el costado oriente del jardín de Santiago Tlateloco. Me entiende usted? Y si a caso no estoy ahí a esa hora exactamente, de todos modos me espera, porque de todas maneras yo estaré ahí a buscarlo.

-Muy bien, señor, ahí estaré a esa hora, sólo me resta preguntarle si está enterado de que cobramos a 8 pesos la hora por alquiler de coche.

-Sí, ya sé cuánto cobran ustedes, y estoy de acuerdo, y mire, para que no tenga ninguna desconfianza, aquí tiene 10 pesos por adelantado.

Los recibí y continúe leyendo mi periódico mientras el joven se perdía entre los senderos de la Alameda.

A las 2 de la tarde en punto ya estaba yo con mi Packard en el lugar convenido. Esperé poco más de media hora, hasta que al final apareció mi cliente del lado del jardín. 

Venía de prisa, acompañado de otro señor de mucho mayor edad que él, alto, grueso de espeso bigote, y ojos pequeños. 

Tenía aspecto de uno de esos rancheros acomodados y bonanchones y muy quemados por el sol de los campos.

Me puse a dar vueltas a la manivela para hacer funcionar el motor, mientras ellos subieron al auto sin decir palabra. 

Luego el joven ordenó: “Déle por ahí” (y me señaló la Calle Real de Santiago) y después tomé la de Peralvillo hacia la Villa lo más de prisa que pueda, le daremos propina.

Así lo hice caminando aprisa por la Calzada de Guadalupe hasta llegar al poblado. Durante ese recorrido no cruzaron estas personas una sola palabra, pero de pronto el joven volvió a ordenarme: “Tome la Calzada de las Ahuehuetes hasta Atzcapozalco”.

Ya en este camino el hombre con aspecto de ranchero susurró algunas palabras al solo oído del joven, las que no pude escuchar por tan bajo que fueron pronunciadas, pero las que el muchacho contesto: “Si mi... no sabe”.

Llegamos a Atzcapozalco y entonces fue el hombre de bigote quien habló para decirme: “Sígale amigo pa´ Tlalnepantla”.

Su voz era pausada, gruesa y un tanto nasal. Ya en las orillas de está última población el ranchero volvió a decirme: “Párese mi amigo”.

Detuve el auto y los dos descendieron. El joven me pareció un poco pálido, nervioso, pero nada dijo, en cambio el otro acercándose hasta mí, que continuaba en el volante, volvió a decirme: “Tenga, y lo que sobre se lo echa de un trago a mi salud”. Eran 50 pesos.

Ahí mismo di la vuelta mientras ellos se perdían a toda prisa entre las primeras casas de la población.
La cara del ranchero me pareció familiar, no era para mí un desconocido, pero, ¿quién era? ¿Dónde lo había visto antes?

Al día siguiente El país, con grandes caracteres decía: “Francisco Villa se fuga de la prisión militar de Santiago Tlatelolco”.

El corazón me dio un vuelco y callé por mi propia seguridad...


Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor, Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado




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