Monday 05 de December de 2016

Vender la casa para empedrar la calle

Javier Torres Valdez      16 Jul 2014 20:00:15

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Las generaciones cuya fecha de nacimiento haya sido posterior a 1975, no pudieron conocer cómo eran las calles de Jerez.

Muchos imaginan que la población siempre ha tenido calles con lozas, pero pocos conocieron los empedrados del mágico pueblito que recordamos desde 1950.

Viene a mi memoria aquel incidente registrado entre un alcalde de Jerez y una ancianita que vivía por la calle Tres Cruces.

Sucede que el presidente haciendo uso de las facultades (así decía el oficio enviado a la longeva ciudadana), le dio un plazo de ocho días para que iniciara el empedrado “y en caso de no hacerlo se tomarán otras medidas”.

La solitaria anciana, que vivía de la caridad de sus vecinos, acudió con el presidente, pidiéndole con humildad, que la dispensara.

—Soy muy pobre, lo único que tengo es la casita que me dejó mi difunto esposo.
—Pos’ véndala pa’ que empiedre, pero de que va a empedrar, va a empedrar y si no la vende, se la quitamos pa’ pagar los gastos.

Fueron los vecinos quienes realizaron una colecta para juntar lo suficiente para pagar el empedrado.
El jerezano Francisco Paco Román fue en su juventud un muchacho simpático y muy atractivo, según varias paisanas.

Fue además uno de los pocos que tenía automóvil para pasear por las empedradas calles de Jerez y sucedió que un día gracias a su caballerosidad, se vio envuelto en un problema con los policías municipales.

Fue en un verano. La lluvia anegaba las calles del pueblo y Paco, que circulaba por la calle del Santuario rumbo al jardín, vio como una conocida suya se veía impedida de pasar en el cruce de las calles Santuario y Artes, así que se ofreció a cruzarla en su automóvil.

Al cruzar frente a la presidencia municipal, lo vieron los policías. Contaron que el inspector vociferó: “detengan ese carro y tráiganme a la vieja”. Los policías salieron corriendo y pudieron atravesarse frente al auto.

Naturalmente que Paco se negó, pero entonces llegaron más refuerzos y empezaron a patear el auto.

—Primero me sacan muerto cabrones, abusivos.... Fue entonces que se pegó a la bocina del auto que empezó a sonar interminablemente y todos los que ahí se acercaron impidieron que la pareja fuera detenida.

En la pretendida defensa de la moral provinciana, acudía la policía presurosa a detener a cuantas parejas estuvieran “rayando” (conversando), en la puerta de sus casas después de las 10 de la noche, y es que en aquellos años, después de meterse el sol, reinaba una completa oscuridad y ello permitía que los jóvenes “les faltaran al respeto a las novias, impidiendo que llegaran puras al matrimonio”.




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