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»Se le recuerda a 169 años de su muerte 

Fernando Calderón y los inicios de la Biblioteca Zacatecana

Redacción      17 Jan 2014 23:00:06

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  • El escritor falleció en Ojocaliente, luego de convalecer por más de tres meses. (Cortesía) El escritor falleció en Ojocaliente, luego de convalecer por más de tres meses. (Cortesía)
  • Ilustración sobre el Zacatecas de la época. (Cortesía) Ilustración sobre el Zacatecas de la época. (Cortesía)
  • Primera edición de las obras de Fernando Calderón, digitalizada por la Universidad Autónoma de Nuevo León. (Cortesía) Primera edición de las obras de Fernando Calderón, digitalizada por la Universidad Autónoma de Nuevo León. (Cortesía)
  • Panorámica de La Quemada. (Cortesía) Panorámica de La Quemada. (Cortesía)
  • Otro de sus poemas famosos. (Cortesía) Otro de sus poemas famosos. (Cortesía)
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Texto: Edgar A. G. Encina

Fernando Calderón Beltrán de Barbueno y Olaeza nació en 1809 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco.

Originalmente, dicen estudiosos como Blanca Estela Ruiz y Fernando Tola de Habich, radicaba su familia en Ojocaliente, pero anteponiendo sus intereses político-económicos a cualquier otro es que decidieron que su nacimiento fuese en ese lugar y no en Zacatecas capital.

Y es que el clan de los “Santa Rosa” no podía permitirse errores en una Nueva España, que se mostraba turbulenta con aires cambiantes.

El obispo de aquella ciudad era primo hermano de su madre María del Carmen Beltrán y al oficiar el sacramento religioso alguien con ese rango aristocrático eclesiástico daba a su vez la anuencia para nombrarle como quinto heredero al título de Conde y, con ello, beneficiario único de las riquezas y propiedades del linaje, como el patronato de La Quemada.

El nombre de Fernando Calderón es importante porque, además de que su nombre lo lleva el teatro de majestuosa arquitectura ubicado sobre la avenida Hidalgo, es el primer poeta zacatecano del México independiente.

Sus primeros versos, dice Vicente Riva Palacio (Ciudad de México; 1832-1896), los escribe a la edad de 15 años, los cuales leía al calor de la chimenea en algunas de sus casas en Guadalajara, Ojocaliente o Zacatecas, rodeado por varios invitados.

Luego, antes de cumplir 20 años, publica sus Poesías de las que José María Heredia, el poeta consagrado de la época, sólo redacta lisonjas y parabienes. 

Y, es que, el nombre de Fernando Calderón no es menor.

Con él se inaugura la Biblioteca Zacatecana, a la cual habrán de sumarse los nombres de los mejores y más reconocidos escritores de la entidad, como en el siglo 19, Luis G. Ledesma, González Ortega, Ramón López Velarde, Severo Cosío, Roberto Cabral del Hoyo, Roberto Almanza, Jesús Flores Olague, Veremundo Carrillo Trujillo, Javier Báez Zacarías, Juan José Macías, Javier Acosta, Maritza M. Buendía. Pilar Alba, Tryno Maldonado, Gonzalo Lizardo y Salvador Lira, por nombrar unos pocos.


Los retratos de Calderón
Luego de pasar más de tres meses por una penosa enfermedad que lo debilitó hasta postrarlo en un camastro, Fernando Calderón Beltrán y Barbueno murió en la villa de Ojocaliente en 1845.

Del autor existe un par de retratos que son por demás conocidos y realizados con un matiz casi artesanal. Ambos dejan qué desear en su calidad estética, expresión artística y manejo de técnica y formas creativas.

Otro retrato lo hace Guillermo Prieto en Memorias de mis tiempos, el cual es más esclarecedor por las maneras narrativas de relatarlo. Así, a la edad de 27 años, el poeta era:
“(...) Grueso, ancho, chaparro, desgarbado, casi vulgar, con aspecto de vendedor de sarapes o de cueros de chivo. Entrecano, con una patilla de columpio que alargaba y encallejonaba su rostro picado de viruelas, nariz roma y labios gruesos que dejaban al descubierto unos dientes grandes y renuentes a una arreglada conformación, Fernando habría pasado por feo en grado heroico, sin la mirada de sus ojos garzos que iluminaba y embellecía su fisonomía, haciéndola dulce y simpática por extremo. Un sombrerillo blanco, tendido, una polvorosa levita verde, unos zapatos bajos excéntricos y un bastoncillo de Pepito (...)”.

Por otro lado, en temas menos banales, debo apuntar que la labor literaria de Calderón es fundamental para la vida cultural del país porque, aseveran los más de sus estudiosos, fue el introductor del Romanticismo en México, aún y cuando Severino Salazar escribe en Zacatecas Cielo cruel Tierra colorada, que:

“Fernando Calderón es el eslabón entre el neoclasicismo colonial del siglo 17 y el romanticismo. Su literatura no reflejaba los conflictos por los que atravesaba el país, ni veía el color local; la suya era una literatura de evocación, lúdica, que echa mano de paisajes y situaciones medievales europeos. Su imaginación es romántica: a la razón opone el sentimiento y el misterio, la añoranza, un mundo ideal. La realidad es tocada sólo tangencialmente, con la metáfora, como en su poema más famoso, El soldado de la liberad”.

Con ello y por una serie de factores que no anoto por falta de espacio, Calderón será el poeta zacatecano por excelencia, hasta la llegada de Ramón López Velarde.

Sin embargo, su presencia será de trascendencia en la vida y actuar cotidiano de los artistas zacatecanos que aún desconociéndole actúan de muchas formas como lo hizo por vez primera el autor, caminando por las céntricas calles de la ciudad con un aire de diferencia del cual aún se respira al pasar por los portales de Rosales o al cruzar el Mercado González Ortega.
 




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