Julio 3, 2009
Elizabeth Sánchez Garay*
Se dice que alguien ha perdido piso cuando ha olvidado su orígenes y se ha convertido en una persona arrogante y soberbia. También cuando se cree más de lo que es -piensa que está hecho a mano- y cuando tiende a menospreciar a las personas que le han ayudado a tener cierto reconocimiento en el entramado social.
Es común que pierdan piso los artistas que, de la noche a la mañana, se convierten en los ídolos del momento, gracias a un hit musical, una película, una serie de televisión o la insistente promoción de su persona hecha por revistas dedicadas a ese fin mediático.
Asimismo es frecuente que los políticos dejen de tener los pies en la tierra, sobre todo cuando ostentan un cargo público de importancia. Caso extremo de ese mal lo padece, sin lugar a dudas, Hugo Chávez. Asume la actitud de un iluminado cuando suelta sus arengas públicas ante la masa de incondicionales. También cuando canta a todo pulmón, con una voz poca agraciada.
Han perdido piso él y otros presidentes latinoamericanos que han infringido o modificado las leyes constitucionales para perpetuarse en el poder porque se perciben a sí mismos como indispensables para el bien supremo de la nación.
La mayoría de los políticos que andan levitando olvidan que la gente les rinde pleitesía para obtener ciertos beneficios, pero las reverencias responden al cargo que ostentan y no necesariamente a cualidades personales.
El caso patético de esta enfermedad se observa, de manera especial, cuando un político deja determinado puesto y sigue creyendo que la gente lo idolatra porque posee una especie de áurea que todo lo ilumina. Entonces, realiza acciones descabelladas y habla de sí con admiración y embeleso. No hay atributos que no posea ni defectos que manchen su propia sombra.
Leer desde esta perspectiva los pronunciamientos de los políticos en fechas recientes ha sido ilustrativo y chusco a la vez. Desde el análisis discursivo, hay una forma sencilla de saber quién ha perdido piso estrepitosamente: lo hace quien habla de sí mismo en tercera persona en singular, como si de otro se tratara. No dice “yo pienso”, eso sería rebajar su yo. Pronuncia: Él (aquí dice su propio nombre con mucho orgullo) piensa esto y esto”.
Caso extremo es cuando el político inicia con un yo, pero para hablar de otro que, no obstante, es él mismo. ¿Complejo de entender? Veamos un ejemplo. El megalómano Pepito dice lo siguiente: “Yo creo que Pepito (o séase, él mismo) es simplemente una síntesis de todos los hombres y mujeres de esta tierra”. Maravilloso. Hemos descubierto que Pepito y Hugo Chávez se asemejan mucho.
¡Feliz domingo!
*Miembro del sistema de investigadores de la UAZ.
Cargando...que lastima que los politicos quieran dar una imagen que no tienen.
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