

Jairo Mendoza.
Cuando un gobernante es señalado, se debilita la estructura misma del orden. No se trata de señalar culpables sino de reflexionar sobre qué tipo de políticos estamos aceptando.
En el complejo tablero de la política mexicana, hoy nos encontramos en un punto que exige reflexión ciudadana. Los casos recientes que involucran al ahora gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya (MORENA), y a la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos (PAN), no son solo noticias de seguridad o disputas partidistas; son espejos de una realidad que nos afecta a todas y todos.
Por un lado, tenemos a Sinaloa, donde las acusaciones provenientes de Estados Unidos contra Rocha Moya por presuntos vínculos con grupos delictivos han derivado en su separación del cargo. Por otro lado, en Chihuahua, la gobernadora Maru Campos enfrenta cuestionamientos por la supuesta infiltración de agentes extranjeros (concretamente de la CIA) en operativos locales. Aunque los temas parecen distintos (narcotráfico en un caso e injerencia extranjera en otro), ambos tocan una fibra muy sensible, la confianza en nuestras instituciones.
Cuando un gobernante es señalado, se debilita la estructura misma del orden. No se trata de señalar culpables antes de que un país extranjero o la propia justicia mexicana lo haga, sino de reflexionar sobre qué tipo de políticos estamos aceptando.
Lo ocurrido con Rocha Moya nos obliga a pensar en lo que dijo la recién nombrada presidenta de MORENA, Ariadna Montiel, sobre la revisión de los perfiles políticos. Que un funcionario se haga a un lado para ser investigado es un acto que, en teoría, busca no entorpecer la justicia. Sin embargo, deja una sensación de intromisión sobre hasta dónde llega la influencia de fuerzas extranjeras en nuestra política.
En el caso de Maru Campos, el debate gira en torno a la soberanía. La pregunta que surge es: ¿hasta dónde es válida la cooperación con otros países sin que esto signifique entregar el control de decisiones y territorios?.
Como ciudadanos, nos corresponde ir más allá del ruido de las redes sociales y los ataques entre partidos. Lo que está en juego es la integridad de nuestros estados. Necesitamos políticos que no solo den resultados, sino que puedan sostener la mirada frente a su pueblo y ante las leyes, tanto propias como ajenas.
Al final del día, lo que importa es que las instituciones se fortalezcan y que la verdad prevalezca. La política debería ser la herramienta para resolver problemas, no para crearlos. Hoy, más que nunca, la reflexión debe ser institucional y serena: México necesita que sus líderes estén a la altura de la honestidad que el ciudadano común practica todos los días.