×
×
×
×


Búsqueda


Introduzca su búsqueda



X

Diferencias

Antonio Sánchez González
~
11 de Agosto del 2016 19:39 hrs
×


Compartir



Liga Corta




A veces, los médicos y los pacientes tenemos desacuerdos al conversar sobre la atención médica al final de la vida. Lo sé.

No hace mucho, un paciente anciano de aspecto frágil apareció en mi consultorio de medicina de adultos con un archivo completo de las hospitalizaciones debidas a un ataque al corazón que tuvo en los Estados Unidos años atrás. Entonces se le implantaron tres stents coronarios y un marcapasos, tuvo una cirugía de bypass del corazón y quería una consulta porque se sentía incapaz de caminar más allá de una cuadra porque entonces le venía un dolor en el pecho. En los documentos vi que su médico había escrito “DNR” -no resucitar – con letras grandes en la carátula de su expediente y creí conveniente confirmar si era su deseo.

No, dijo, para mi sorpresa. Me dejó claro que quería recibir todas las medidas que fueran necesarias dado el caso: para mantenerlo con vida deberíamos administrarle compresiones en el pecho, usar un desfibrilador y un respirador artificial.

Me sorprendí. Yo presumía que alguien le había dicho a este hombre de 90 años que incluso con reanimación cardiopulmonar probablemente no sobreviviría a un paro cardiaco, ya que sólo 1 de cada 7 pacientes mayores de 80 años subsisten a un evento así.
“No quiero que en mi caso se den por vencidos”, dijo. No pareció escucharme, se mantuvo firme cuando le expliqué la probabilidad de que esas medidas sólo le provocaran sufrimiento prolongado sin la seguridad de sobrevivir. Se fue de mi consultorio con una gran cruz con marcador amarillo encima de las siglas “DNR” previamente puestas en su carpeta de papeles médicos.

Cuando terminé la consulta del día, no pude evitar pensar en lo mal que había ido aquella conversación. He conversado de los cuidados que quieren recibir al final de su vida con muchos pacientes, y generalmente había sido capaz de llegar a decisiones que tenían sentido tanto médico como para el paciente. Pero no esta vez. Tal vez no había explicado los hechos lo suficientemente bien; o tal vez simplemente no confiaba en mí.

Sin embargo, estas conversaciones potencialmente frustrantes no son tan comunes: menos de 1 de cada 10 enfermos graves ha tenido estas discusiones sobre el final de la vida en las que debe haber dos participantes: paciente y médico, y es riesgoso evitarlas con el pretexto del sentimiento de inseguridad o de la dificultad que implica el tema.

En mi siguiente encuentro con mi paciente, no pude tocar el mismo tema porque rápidamente empezó a platicarme sobre sus pendientes inmediatos. En cinco minutos me explicó cómo acababa de nacer su bisnieta en Texas. La familia planeaba viajar el mes siguiente, presumiblemente para ver a mi paciente por última vez. Eso significaba que así hubiera que recibir compresiones o descargas eléctricas, quería asegurarse de estar vivo para ver a ese bebé. Dos meses después, él mismo me condujo a través de una conversación acerca de cuidados paliativos.

Ya no pienso que mi primera discusión con el paciente fue un fracaso. Las conversaciones entre médicos y pacientes que saben que están al final de la vida son oportunidades de aprendizaje mutuo y deben centrarse en los deseos del enfermo, no en el criterio médico.

*Twitter: @ASachG