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Cartas desde el exilio

Educación magistral

Miguel G. Ochoa Santos
~
02 de Octubre del 2016 21:34 hrs
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Liga Corta




Soy de los que consideran que la educación primaria debiese orientarse a la configuración de ciudadanos cívicos, creativos e inquietos, antes que al desarrollo obsesivo y unilateral de competencias racionales. Me parece que los individuos tolerantes, responsables, libres y respetuosos del otro, son más importantes que las personas con altas capacidades cognitivas, pero carentes de empatía e inteligencia emocional.

Nuestra vida común cada vez está más desbordada por individuos prepotentes mal educados, cuyas alforjas están repletas de dinero pero vacías en cuanto a valores fundamentales para la convivencia comunitaria. Los agresivos e intolerantes campean a sus anchas dentro del mar de la impunidad; los listillos que lucen diariamente su perspicaz colmillo político ascienden escandalosamente la pirámide institucional del poder.

Los enemigos del espacio público se apropian de éste sin que nadie les plante cara, privatizando sus beneficios. Los vecinos indulgentes y bien portados son una rara avis del paisaje urbanita. Poco a poco, la ausencia de una educación cívica convierte las relaciones cotidianas en una arena sempiterna de lucha y conflicto, a la cual habría que añadir los ominosos estragos de la imparable violencia organizada, máxima expresión del triunfo de la adicción monetaria y  la arbitrariedad perpetua.

La solidez ética y moral no puede caer de los cielos, es necesario cultivarla y cuidarla desde temprana edad. El cálculo matemático y las urgencias de competencias para sintonizarse con las necesidades del mercado son relativamente importantes, pero en una etapa posterior. Los niños no requieren contar monedas ni calcular magnitudes abstractas, eso vendrá después. Antes deben conocer lo que es una vida imaginativa y feliz, dentro de una convivencia pacífica y empática, dentro de un entorno ecológico y sacralizado. Esto es lo que debe anidar con celeridad en la conciencia infantil.

El prodigio de la vida y las perplejidades que ésta despierta en el espíritu trascienden la simple consideración técnica del mundo. La riqueza de la formación cívica es un contrapeso necesario a la avidez material, el totalitarismo y la violencia.