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Antonio Sánchez González
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02 de Febrero del 2017 23:11 hrs
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En 2015 murieron 56 millones de personas, muchas prematuramente y la mayoría -70%- por enfermedades no transmisibles (ENT). Sin embargo, las ENT no se consideraron dentro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU, con meta en 2015. Reconociendo esta omisión, los estados miembros de la ONU se fijaron el objetivo de reducir la mortalidad prematura debida a ENT en un 25% para 2025. Para conseguirlo, la OMS insta a que se adopten medidas sobre siete factores de riesgo de ENT.

Hace tres días, The Lancet, la prestigiosa revista médica inglesa, publicó un documento de la investigadora suiza Silvia Stringhini que demuestra que es probable que esta estrategia no sea suficiente y que, además, habría que abordar un octavo factor de riesgo adicional: el bajo nivel socioeconómico. Tener bajo nivel socioeconómico significa ser incapaz para determinar el propio destino y sufrir privaciones de recursos materiales, y el estudio demuestra que este hecho condiciona tanto el estilo como los años de expectativa de vida de una persona.

El grupo de Stringhini basa su argumento en rigurosas bases científicas, no en política: concienzudamente obtuvieron datos de 1.7 millones de personas a las que observaron por 13 años a través de los que vigilaron su clase social, actividad física, consumo elevado de alcohol, tabaquismo, obesidad, diabetes e hipertensión, documentaron todas las causas de mortalidad y finalmente usaron crudos modelos estadísticos para estimar el impacto de cada ingrediente y el número de muertes que podrían prevenirse si la exposición de la población al factor de riesgo de interés se redujera al nivel de riesgo mínimo.

El estudio fue capaz de demostrar que en general hay influencia del gradiente social en la mortalidad: el riesgo de morir aumenta aproximadamente 20% cuando se cae de una clase social a otra más baja. Aun cuando se discriminaron los otros factores de riesgo, fue patente el efecto de una baja en la escala social, sugiriendo que la miseria afecta a la salud por diversas vías, incluido el estrés, el acceso a servicios sanitarios, la privación material y las condiciones de trabajo.

Aunque algunas sociedades son más igualitarias que otras, en promedio la pobreza fue la razón de la muerte del 18.9% de los hombres y 15.3% de las mujeres que perdieron la vida durante el periodo en que se observó a este grupo poblacional. En números brutos, el riesgo de morir de pobreza es mayor que la de los otros factores que provocan ENT, excepto el ligado al tabaquismo y la inactividad física. La pobreza mata tanto o más que la diabetes, la hipertensión, el alcoholismo o la obesidad.

Cualquiera que sea el efecto sobre la salud de pertenecer a una clase social baja, el mensaje es claro: la pobreza merece consideración junto con los factores de riesgo de ENT. Probablemente, la pura intervención en la desigualdad resolvería parcialmente el problema. Por ejemplo, medidas tales como el acceso a créditos fiscales o la educación universal atacan el efecto de la pobreza sobre la mortalidad tanto como la terapia para dejar de fumar o los consejos dietéticos favorecerían la salud de los privilegiados.

El peso del efecto de la miseria sobre la mortalidad demostrado por el estudio de Stringhini es imposible de ignorar. Y los médicos estamos obligados a tener esta visión más amplia de los factores de riesgo sanitario. Significa que ya no es suficiente que los médicos conozcamos la medicina clínica y la biología humana. Debemos ser también expertos en macroeconomía y la sociología. Estamos obligados a que así sea.