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Relatos de mineros
“¿Que no llenas de estar en la mina, Manuel?”
Isabel Medellín
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08 de Febrero del 2017 17:05 hrs
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Liga Corta




Don Manuel M. Martínez empezó a trabajar en una mina por ahí de 1943, cuando tenía como 20 años y estaba recién casado. Originario de una familia dedicada a la agricultura y un poco a la ganadería en Hacienda Nueva, Morelos, la pequeña porción de tierra que poseía no era suficiente para mantener a su familia.

Orillado por la necesidad, consiguió trabajo en el tiro general de Vetagrande. Ya no recuerda cuánto le pagaban en ese entonces. Siempre trabajó bajo tierra, retirando el material que se desprendía luego de cada explosión en la mina; les llamaban “rezagadores”.  Su esposa estaba resignada porque sabía que, aunque la paga era poca, no había muchos trabajos de donde escoger.

Posteriormente, antes de que empezara la década de los cincuentas, comenzó a trabajar en El Bote (donde está ahora el centro comercial Galerías Zacatecas). Luego, consiguió entrar a Nevada (atrás de la colonia Díaz Ordaz) donde permaneció por casi 11 años. Ahí aprendió todo lo que se necesitaba para ser perforista y le permitió tener un sueldo de 60 pesos por semana lo que le alcanzaba para “malcomer” pues la paga era poca y su familia era mucha.

El casco de minero y la lámpara de carburo de Manuelillo (así le llamaban en el barrio y sus compañeros de trabajo) son objetos con mucho valor sentimental. Él tuvo que ahorrar para comprarlos: “Si usted quería trabajar en una mina, tenía que comprar su casco y su lámpara. El patrón nomás proporcionaba el carburo para el gas de la lámpara”.

Las mochilas no se usaban entonces; él usaba un pedazo de lienzo, como de un metro cuadrado, no como hitacate (nunca llevó lonche: no le gustaba) sino como cotense para cargar con su ropa de trabajo y poder cambiarse cuando salía de trabajar con la ropa mojada.

En esos años las minas manejaban tres turnos: de primera, de 7 de la mañana a las 3 de la tarde; de segunda, de 3 de la tarde a 11 de la noche, y de tercera, de 11 de la noche a 7 de la mañana; a don Manuel, como a los demás, le tocaba rotar turno cada semana; descansaba los domingos.

En su vida como minero resaltan dos accidentes, todos causados por el desprendimiento de piedras. El primero fue en Nevada cuando una roca le cayó en la cabeza y lo cortó “como formando una cruz”; tuvieron que coserlo. Luego, una segunda de mayor tamaño le raspó la pierna derecha, desde la rodilla hasta el tobillo.

Los mineros se caracterizaban por ser hombres de ferviente religiosidad. En su casco, don Manuel traía los botones con las imágenes del Santo Niño de Atocha, la Virgen de Guadalupe y la de San Juan de los Lagos, a quienes se encomendaba antes de entrar bajo tierra.

Luego trabajó en Purísima (sobre el arroyo detrás de Galerías Zacatecas), ahí fue ayudante de perforista hasta mediados de los sesentas, cuando su cuerpo empezó a sufrir por tantos años de trabajar con sus huaraches de tres puntadas en medio del agua que inunda todas las minas.

Dice que le dio “fiebre reumática” y que sus rodillas se hincharon tanto que duraba días enteros sin poder caminar. Con su familia, se trasladó a El Ranchito de Barreras (una huerta ubicada entre Hacienda Nueva y la cabecera municipal de Vetagrande) donde se dedicó al cultivo de hortalizas y flores, principalmente.

Sin embargo, le surgiría una nueva oportunidad de volver a trabajar en los socavones: cuando Agustín Navarro, oriundo también de la comunidad morelense, dirigió los trabajos de una mina cercana por ahí de 1968; Manuelillo volvió a ser ayudante de perforista por un par de meses hasta que cerraron la mina.

A pesar de que, por su falta de estudios, don Manuel no tuvo muchas opciones de trabajo, le gustaba trabajar bajo tierra: “A la mina se hace uno adicto. A estar bajo presión, a lo que le llaman ahora ‘adrenalina’, a los riesgos de estar ahí adentro”. Se acostumbró a esa forma de trabajo y a tener cada fin de semana un dinero seguro; poco –dice– pero seguro.

A comparación de ahora, recuerda que todas esas minas eran de capital mexicano: “Nevada era de don Juan Reyes, abuelo de Miguel Alonso; Purísima, de Pascual García, alias El Mascafierros, y la de Vetagrande de los Sánchez o de los Torres… no me acuerdo; la de Hacienda Nueva, de Agustín Navarro”.

En ese tiempo “no se usaban” muchas prestaciones de las que gozan actualmente los mineros, ni siquiera reparto de utilidades: “En Nevada, nada más la comidilla pinchurrienta que nos hacían el 11 de julio, el Día del Minero. Ni en Navidad era bueno el aguinaldo: como eran de capital muy variable nada más daban una triste despensilla. Era muy poca cosa…”. 

Los vicios de un minero eran el alcohol y el cigarro, “lo de las mujeres todavía no estaba muy prolífico”. Los sábados, día de paga, la mayoría de los mineros bajaban por las calles del centro de Zacatecas y llegaban a las cantinas: “Parecía tour: El Retiro, Guadalajarita, La Oficina, El Gallito, Las Quince Letras y la Casa Verde”. Empezaban tomando cerveza Dos Equis Lager y acababan con caballitos de tequila: “Los mineros que salían a las 3 de la tarde, para las 5 ya estaban bien borrachos”.

Sobre la gambusineada (extraer rocas con mineral de manera clandestina para venderlas en el mercado informal) Manuelillo siempre se mantuvo a raya y nunca quiso participar en eso: “Como que había unas casas de compra en La Pinta, pero yo nunca le entré”. Su suegro trabajó en El Bote “en un tiempo en que estaba tan bueno el metal, que lo sacaban entre los tacos que les quedaban”.

De su cuenta hubiera terminado su vida como minero, en eso “era feliz”. Un día su papá, extrañado por ver cómo a diario iba a trabajar tan afanosamente, le dijo: “¿Qué no llenas de estar en ese méndigo agujero?, ¿no llenas de estar en la mina, Manuel?”; él le respondió que no, y agregó: ¿A poco no se siente orgulloso de decir que tiene un hijo perforista?”.