×
×
×
×


Búsqueda


Introduzca su búsqueda



X

El Día del Señor

Jesús resucitado en medio de sus discípulos

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
~
23 de Abril del 2017 00:00 hrs
×


Compartir



Liga Corta




Cristo dijo a Tomás: “Tú crees porque me has visto, dichosos los que creen sin haber visto”.
Cortesía / Cristo dijo a Tomás: “Tú crees porque me has visto, dichosos los que creen sin haber visto”.

Introducción

Hermanos: Desde el domingo anterior, día de la resurrección de Jesús, hemos comenzado las celebraciones pascuales que llenan 50 días la vida de la Iglesia universal, presente en las iglesias particulares en todo el orbe de la tierra. 


La resurrección del Señor es el centro de la vida de toda la Iglesia que se reúne cada ocho días para recordar y celebrar, con las eucaristías dominicales el gran día del Señor resucitado.

La primera lectura de este día, tomada del libro Hechos de los apóstoles, nos describe la vida de las primeras comunidades cristianas reunidas para celebrar la presencia del resucitado en medio de ellas. Desde entonces, a lo largo de la historia de la Iglesia, los cristianos nos reunimos los domingos para alimentar nuestra fe, impulsar nuestra esperanza y encender siempre nuestro amor a Dios y a nuestros prójimos. 

Pasemos a considerar las enseñanzas que nos dan las lecturas bíblicas de este domingo, segundo del tiempo pascual.

Jesús resucitado está siempre presente entre nosotros, especialmente los domingos

Los Hechos de los apóstoles nos transmiten fielmente las características de las primeras comunidades cristianas con la luz y el impulso de Cristo resucitado. Tengamos en cuenta ahora lo que nos da este texto tan importante: “En los primeros días de la Iglesia, todos los que habían sido bautizados eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. 


Toda la gente estaba llena de asombro y de temor, al ver los milagros y prodigios que los apóstoles hacían en Jerusalén”.


Desde esos tiempos y hasta nuestros días, también vivimos nuestras eucaristías dominicales integrando estos elementos de las iglesias primitivas y apostólicas. Cristo resucitado es siempre el mismo centro vital y gozoso de nuestra fe litúrgica dominical, que luego, con la fuerza, la paz y la gracia de Jesús y su Espíritu Santo, debe expandirse en su espíritu a todos los hombres, con el testimonio personal y comunitario de los creyentes, discípulos de Cristo, muerto sí, pero sobre todo resucitado y que vive siempre entre nosotros, cuando dos o más nos reunimos en su nombre para celebrar los signos y misterios de su vida y de su amor.

Por otra parte, el evangelio de San Juan nos relata dos apariciones de Cristo resucitado en el lugar donde sus discípulos se reunían, primero por temor a los judíos y poco a poco reconfortados y luego valientes y muy decididos, para dar razón de su fe y amor en Cristo, como jefe y cabeza de su Iglesia santificada y reunida para celebrar la liturgia del Día del Señor, que Jesús mismo instituyó, para permanecer con sus seguidores y misioneros hasta la consumación de los siglos y hasta que el Señor, con la predicación evangélica de sus enviados, convocase a todos los que crean en la verdad de la salvación para cada uno y para todos unidos como Iglesia de paz divina y fraterna.

Precisamente, porque en ella mora Jesús, quien hace prolongar su magnífica presencia de resucitado de generación en generación, hasta que él vuelva de nuevo, lleno de majestad y juzgar entonces a los vivos y a los muertos, según sus obras.

Tener muy en cuenta los hechos del Evangelio de este día


Este evangelio de San Juan, nos comunica la experiencia de los discípulos de Jesús resucitado, cuando se presentó de improviso en el lugar donde se encontraban reunidos por miedo a los judíos.


Jesús se hace presente con una primera aparición que fue el mismo domingo de la resurrección al anochecer. Les dio su paz y soplando les trasmitió al Espíritu Santo para que recibieran el poder de perdonar los pecados a quienes se arrepintieran y retenerlos a los que no se arrepintieran.

Ese día no estaba con sus compañeros Tomás, el gemelo. Los discípulos le decían entusiasmados y gozosos que Jesús resucitado había estado con ellos. Pero Tomás, reacio para creer en la resurrección de Jesús, puso condiciones para dar su asentimiento de fe: “Si no veo en sus manos  la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

El evangelio continúa en su narrativa y nos dice: “Ocho días después, estaban los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo:”La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús añadió:”Tú crees porque me has visto, DICHOSOS LOS QUE CREEN SIN HABER VISTO!”

¡Vivamos comprometidos con Jesús resucitado con pensamientos, palabras y obras como testigos cualificados de su resurrección!

A la distancia de más de 2 mil años de estos hechos y relatos  del evangelio de San Juan, Cristo se hace presente, glorioso y resucitado en nuestros cenáculos de todo el mundo, como ahora en este nuestro templo parroquial, para darnos su testimonio a través de todos los discípulos que han creído en él, para que seamos de verdad sus testigos gozosos y comprometidos para trasmitir a quienes nos conozcan y han de guardar el recuerdo vivo de nuestro testimonio, haciendo un hecho de gloria, amor y apertura de nuestras almas a la vida eterna del resucitado, cuando lo proclamemos con fe viva y serena, para que nuestro mundo crea en Jesús resucitado, siendo hijos de las palaras de Cristo a Tomás: “¡Tú crees porque me has visto, DICHOSOS LOS QUE CREEN SIN HABER VISTO!”… Ojalá que así sea, ahora y para siempre a lo largo todas nuestras vidas!

*Obispo emérito de Zacatecas