×
×
×
×


Búsqueda


Introduzca su búsqueda



X

Relatos de mineros

Más vale maña que fuerza

Isabel Medellín
~
24 de Abril del 2017 00:00 hrs
“¿Que no llenas de estar en la mina, Manuel?”
08 de Febrero de 2017
×


Compartir



Liga Corta




En la Planta de beneficio Barones, en la mina El Bote en Zacatecas, don Gonzalo comenzó a trabajar como un simple peón por allá de la década de los setentas, pero le tocó la buena suerte de ir aprendiendo un poco de todas las áreas; con orgullo dice que pudo hacer lo mismo que hacía un auxiliar de operaciones en la planta.

Cuando El Güero, como también es conocido, empezó a trabajar en esa planta por tres semanas le tocó el turno de primera (matutino); el primer día que le tocó el de tercera (nocturno) se enojó, pero le dijeron que a los que más o menos le sabían era a los que rotaban en la noche.

Se acuerda que la sala de molinos de la planta de beneficio era como de unos 50 metros de largo y que en ella había cuatro molinos. En ocasiones, cuenta, el material que iba sobre las bandas transportadoras de los molinos se tiraba por un lado.

El jefe de turno era al que estaba de encargado de toda la planta: estaba al pendiente de las pilas flotadoras, de los molinos, de las bandas que transportaban el concentrado… Esa primera noche que le tocó trabajar, el jefe mandó a don Gonzalo y a otro compañero a desencampanar tolvas (romper las piedras grandes que no caben por los orificios de las rejillas para que puedan caer hasta la trituradora). 

Allá en la báscula hay marros para que agarren uno y las piedras que no quepan las rompan para que puedan pasar.

Don Gonzalo recuerda que el otro compañero era de Morelos; incluso a veces todavía se lo topa. Dice que parecía basquetbolista: “Estaba chingonote, anchote”.

Empezaron. El Güero, en sus propias palabras, siempre fue “vivillo desde chiquillo” y descubrió que “en una tolva había un bújero” por donde cabían piedras más o menos grandes sin que tuviera que partirlas a marrazos. Si calculaba que pasaban, las echaba por el hoyo sin complicársela tanto. 

Rato después subió el jefe de turno y les prometió que en cuanto acabaran sus hileras podían irse sin esperar a que se llegara el cambio de turno.

Don Gonzalo se emocionó y, a sabiendas de los pocos marrazos que debía de dar para acabar pronto, dijo que aceptaba; el otro, con ampollas en las manos a media hora de haber empezado, se resignó y le dijo al jefe que él no le entraba al trato, que mejor salía hasta el cambio de turno.