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Andanzas

Las fiestas del pueblo II

Ricardo González
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29 de Junio del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




Los días de las fiestas se iniciaban con los estruendos a las 5 de la mañana de los cohetes, que se prolongaban hasta las seis y, se cerraban con las melodías de los últimos conjuntos musicales que rondaban la plaza, casi siempre eran los “huicholitos” como les llamamos a los indígenas wixáricas, que habitaban estas zonas.
Me gustaba ir a ayudarle al cohetero don Chebo, se subía en lo alto de la parroquia desde muy temprano para preparar todo para comenzar puntual a las cinco a tronar los cohetes, desde hace algunos años habían soldado un estructura de metal  en forma de ele inversa que le permitía acomodar varios cohetes e irlos encendiendo al pasar una braza de carbón por debajo.
No siempre he entendido bien esta tradición el ruido es algo molesto, dejan basura por todo el pueblo, aunque siempre sé que son ferias cuando el amanecer huele a pólvora quemada, a humedad del amanecer y a pan recién horneado todo junto.
Don Chebo hacía de cohetero desde hace más de quince años, en todas las procesiones, peregrinaciones, fiestas de los barrios y demás celebración que lo necesitaba ahí estaba él. Sabía cómo entrar a cada azotea de todos los templos del pueblo, tenía llaves de sacristías y portones.
Una de las tradiciones más antiguas era la venta de cantaritos, que eran bebidas servidas con tequila en un cántaro, el más famoso era el Mimis, que tenía su taller de soldadura pero siempre en las fiestas ponía su puesto para vender cantaritos, todos querían comprarle a él, pues los daba bien servidos y con un excelente sabor.
Aunque ya después de media noche ya ni nos fijábamos en el sabor del mezcal que nos tomábamos, lo único que queríamos era seguir la fiesta. Cuando éramos más jóvenes y al llegar a nuestras casa nos veían despiertos nos mandaban a misa primera, aunque siempre decíamos que nos acabábamos de despertar, mi viejita no me regañaba ni nada pero me mandaba a misa sin desayunar.
Esas épocas del año servían para unir familias y hacer nuevas, pues los que vivían en Estados Unidos regresaban, algunos de ellos con la idea de encontrar esposa. 
El pueblo se atiborraba, las colas para comprar tortillas, para entrar al banco, para comer unos tacos, todas esas filas eran interminables, los que vivíamos en el pueblo salíamos lo menos posible a esos lugares, pues sabíamos que sería imposible.
A los paisanos cuando llegan hay que tenerles miedo, pero cuando se van hay que tenerles lástima –dijo don Chebo bien seguro- esto pasa porque al andar bien alegres gastan de más y para regresar ya no saben qué hacer.