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El Día del Señor

El seguimiento de Cristo cargando con su cruz como expresión suprema de amor

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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02 de Julio del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




INTRODUCCIÓN

Nuestra religión cristiana se caracteriza con la exigencia de un amor a Cristo, marcado con su cruz como expresión de amor generoso e incondicional. Este seguimiento manifiesta siempre a lo largo de nuestras vidas, nuestra identidad con Jesús desde nuestro bautismo por el cual participamos de su Pascua de generosa entrega para la liberación y redención de los hombres. Esta Pascua del Señor se constituye por su paso por la tierra haciendo el bien; padeciendo y asumiendo el dolor y la entrega de su pasión; crucificado en la cruz y muriendo en ella para alcanzar en la plenitud de su oblación a Dios su perfecta y gloriosa resurrección de entre los muertos y subiendo a los cielos sentarse lleno de gozo y para toda la eternidad a la derecha del Padre, desde donde ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

Hoy, en el evangelio de San Mateo se nos revela la exigencia del amor a Cristo por encima de nosotros mismos y más allá del amor a nuestros semejantes: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a  su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Y EL QUE NO TOMA SU CRUZ Y ME SIGUE, NO ES DIGNO DE MÍ”.

En esta homilía intento con la gracia divina, invitarlos para que contemplemos el misterio de la cruz en algunos aspectos imprescindibles y poder identificarnos con Jesucristo  en su amor al Padre y movidos por el Espíritu Santo, a todos los hombres redimidos con el derramamiento de su preciosísima sangre en el ara de la cruz.

LA  CRUZ DE CRISTO ARCA DE SU AMOR A DIOS Y A LOS HOMBRES

La cruz del Señor no significa únicamente su ignominia al ser crucificado en ella como si fuera un criminal, injustamente considerado, y estando en ella entre dos ladrones. La cruz del Señor es el arca de su inabarcable amor a su Padre y a los hombres para redimirlos del pecado y de la muerte eterna. Encierra valores que debemos descubrir para identificarnos con Jesús en la vida, en la muerte y en nuestra propia resurrección, que Dios por su Hijo encarnado, nos participa con amor imperecedero, perfecto y eterno.

Algunos valores de la cruz del Señor que debemos conocer, recordar y asumir durante nuestra peregrinación terrena cargando con nuestra cruz como participación de la de Jesús.

+  Es el tesoro de su amor divino y humano, como verdadero Dios y verdadero hombre. Ya que por este amor se nos revela el precio de nuestro rescate del pecado y del peligro de morir para siempre separados de Dios, quien nos ha creado y redimido para Él y para nuestra gloria como corona y premio de eternidad en el cielo hacia donde caminamos cargando con la cruz de Jesús; unidos íntimamente y estrechamente a Él.

+  Jesús mismo nos dice: “Entren por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y amplio el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por él. Pero ¡qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que conduce a la vida, y qué pocos son los que lo encuentran”!. Con estas palabras  Jesús nos hace entender verdaderamente qué significa la puerta estrecha de la cruz y como por ella, después de asumirla con dolor y entrega como Él con el amor de su entrega generosa en ella, vamos seguros al gozo de la vida eterna. “Por la cruz vamos al gozo de la resurrección”.

+  En la liturgia de la Iglesia Universal en las semanas santas de cada año, celebramos el dolor y la muerte de Jesús los viernes santos. Pero, si bien, en siglos pasados la contemplación del viernes santo no permitía vislumbrar con amplitud el corazón del misterio de Cristo crucificado apertura hacia su resurrección, con el paso de la historia de la Iglesia y en siglos posteriores y hasta la fecha, entendemos que la crucifixión y la muerte de Jesús el viernes santo, nos hace vivir espiritual y litúrgicamente su resurrección durante la cincuentena pascual, como centro irradiante de amor inagotable a Dios y a los hombres.

+  Por último, la abnegación y el dolor, la cruz y la muerte, no tienen valor en sí mismas, pues solamente son medios para lograr un fin. Es su finalidad de vida indestructible, lo que le da sentido y eficacia, como le ha sucedido al mismo Cristo. Nuestra gloria es precisamente la cruz de Cristo y podemos decir con San Pablo, que es signo definitivo de vida y no de muerte, de liberación y no de esclavitud.

CONCLUSIÓN

“¡Señor, haz de nosotros discípulos y testigos dignos de ti. Queremos seguirte cargando nuestra cruz, participando de la tuya. Nuestra vida de fe y entrega a ti con el sacrificio de nuestra fe crucificada, expresión de un amor ciertamente doloroso, pero que lleva en su impulso de entrega sacrificial, el don del amor sin fronteras a ti y a nuestros hermanos y abierto a la vida en el cielo por toda una eternidad, ya sin sombras, sin lágrimas en la plenitud del amor, que es el corazón de tu paraíso que queremos con tu gracia conquistar y vivir en él para siempre!”

*Obispo emérito de Zacatecas