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Memoria viva

Zacatecas y sus mártires del 24 de junio de 1914 (tercera parte)

Manuel González Ramírez
~
12 de Julio del 2017 00:00 hrs
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El hermano adolfo tuvo gran éxito en la docencia.
Cortesía / El hermano adolfo tuvo gran éxito en la docencia.

En las dos entregas anteriores les presentamos una semblanza del presbítero zacatecano Pascual Vega Alvarado y del religioso lasallista francés Adrián-Marie Astruc, quienes fueron ejecutados por tropas de la División del Norte, aquel 24 de junio de 1914.


Ahora les ofrecemos la semblanza del tercero de ellos que sufrió el mismo martirio y en la misma fecha: el hermano Adolfo Francisco Gilles. Este religioso lasallista nació el 27 de agosto de 1869 en Cubieres, Lozera; fue hijo de Francisco Juan Gillas y de Francisca Rosalía Talagrand.


Los primeros años de su vida los pasó en Cubierette. Desde temprana edad, nuestro personaje escuchó la voz divina que le invitaba a tomar la vida religiosa, por lo que sus padres lo enviaron a la Escuela de los Hermanos en Luc, para que confirmara su vocación, y así fue.


El 4 de mayo de 1883 llegó al Seminario Menor en París; allí conoció al hermano Adrián María, que fue su maestro. Aquel fue el primer contacto que tuvieron estas almas que perecerían juntas en sacrificio.


Tres años después, el 5 de septiembre de 1886, ingresó al Noviciado y tras unos meses, vistió los hábitos religiosos y recibió por nombre de religión Adolphe-Francois, de allí que nos dirigiremos a él como hermano Adolfo. Avanzó sus estudios en la Escuela Normal de su Casa Madre y en 1888 se consagró a Dios por medio de sus primeros votos.


El hermano Adolfo pronunció sus votos perpetuos el 24 de agosto de 1898 y juró guardar fidelidad, pobreza, castidad y obediencia según las Reglas de San Juan Bautista de la Salle. No obstante, nunca dejó de prepararse para una vida religiosa ejemplar.


Al poco tiempo, celebró en compañía de sus hermanos y alumnos, la canonización del Beato Juan Bautista de la Salle.


En 1905, cuando el Internado de Passy fue clausurado debido a la expulsión de Congregaciones docente de Francia, el hermano Adolfo fue invitado a quedarse en Francia sacrificando sus hábitos, pero él prefirió seguir al servicio de la Iglesia, sobre todo, movido por un juramento que le había hecho a su madre recién muerta.


En Bélgica, siguió con su entusiasta labor docente, y gracias a ello y a su carisma, ejerció una importante influencia entre sus alumnos.


Hacia 1909 se dirigió a Madrid para aprender castellano, y estuvo a punto de morir mártir en Barcelona, ya que su llegada coincidió con el estallido de la Revolución Anarquista, el 26 de julio, y estos estuvieron a punto de matarlo. 


Tras su huída tuvo que quitarse el hábito religioso y resguardarlo, eso le valió que llegara sano y salvo a Madrid.


Tras dos meses de estancia en Madrid, dedicado de tiempo completo a aprender español, sintió el llamado de engrosar las filas de los hermanos que se embarcaban a México para extender el reinado de Cristo.


Solicitó permiso para embarcarse al Hermano Asistente Allais-Charle, encargado de dicha provincia, y le fue concedido sin mayor dificultad. 


El 23 de noviembre de 1909, se embarcó en Barcelona junto a otros 11 hermanos, rumbo a tierras mexicanas. En el trayecto hicieron una escala en Málaga, donde los hermanos fueron objeto de agresiones al pasear por aquella ciudad.


El 23 de diciembre arribarían a Veracruz, en México. Cabe mencionar que los hermanos recién llegados quedaron impresionados por la exuberancia de estas tierras. Tras una breve estancia en Puebla, el hermano Adolfo llegó a Zacatecas el 29 de febrero de 1910, designado prefecto inspector del internado recientemente inaugurado.


Allí tuvo un grato reencuentro con el hermano Adrián Astruc, a quien tenía bastantes años sin ver, y que a la sazón, era director del Colegio. Desde ese momento y hasta la muerte, ambos hermanos fueron inseparables.


Nuestro personaje se dedicó de tiempo completo a sus alumnos del internado, de quienes decía, tenían las mismas capacidades de los que tuvo en Passy. Fue un maestro ejemplar, y ponía el mismo énfasis en enseñar sus cátedras y en inculcar la piedad entre sus alumnos.


La recompensa que recibía por su arduo esfuerzo, era el amor que le profesaban sus alumnos.
Para combatir la ociosidad entre sus pupilos, el hermano Adolfo acostumbraba organizar constantemente juegos y actividades que les permitieran una mente sana en un cuerpo sano. Disciplina y trabajo fueron la clave del éxito con sus alumnos.


Nunca cejó en su empeño por prestigiar el Internado, y siempre supo afrontar con ánimo las dificultades. Gran pena le causó que en 1913 dicha institución educativa fuera clausurada. No obstante, su fe no decayó. 


Más tarde, se dedicó a suplir a algunos hermanos en sus labores y realizó actividades de enfermero.  Ante la admiración de sus hermanos, el argumentaba que a él no le importaba la muerte, siempre y cuando ésta lo encontrara cumpliendo con su deber, sabedor de que se había consagrado a una vida de trabajo, sufrimiento y penas. 


Pese a las adversidades, nunca perdió su carácter amable, generoso, de amplias ideas y jovial. Su piedad, pues, era sólida, profunda y convencida y se manifestaba especialmente con sus alumnos y sus hermanos.


Tras una serie de jornadas trágicas, en las que quedó siempre de manifiesta su caridad, llegó el 24 de junio de 1914. Los hermanos sabían del cobarde asesinato al presbítero Inocencio López Velarde, por lo que no descartaban una muerte similar.


Los cateos al Colegio comenzaron desde las 7 de la mañana. Ya a las 12, un oficial le ordenó al hermano director que reuniera a todos los hermanos. Acto seguido, le ordenó que lo acompañara con el general Urbina; el hermano Adolfo, temeroso de que algo le sucediera al director, se dispuso también acompañarlo.


¿De qué se les culpó? Nadie lo sabe. Hay quienes suponen que ya desde antes, el hermano Adolfo se había resignado a morir en martirio. Algunos días después, su cuerpo fue encontrado en el cerro de La Bufa, a la izquierda del presbítero Pascual Vega y del reverendo hermano Adrián. El 28 de junio, fue trasladado por manos caritativas, junto a los otros cuerpos, al Panteón de la Purísima, donde encontraron su última modada.