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El Día del Señor

La parábola del sembrador

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
~
16 de Julio del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




Las parábolas del evangelio enseñan las verdades religiosas.
Cortesía / Las parábolas del evangelio enseñan las verdades religiosas.

El evangelio de este domingo décimo quinto del tiempo ordinario, en el ciclo A, nos trasmite la primera parábola de las siete que nos consigna el evangelista San Mateo en el capítulo trece de su evangelio.


En este capítulo tenemos la enseñanza acerca del Reino de Dios y sus misterios que lo explican con estas siete parábolas, de las cuales, la de hoy, es la primera. Desde este domingo y luego los dos que siguen, la liturgia bíblica de nuestras eucaristías dominicales, nos presentaran este tipo de enseñanza acerca del Reino de Dios.


Debemos recordar y aprender para los que no saben, que las parábolas del evangelio pertenecen a un género literario de la biblia, que se llama didáctico, porque su intención y finalidad es enseñar una verdad religiosa.


En efecto, las parábolas en labios de Jesús, nuestro maestro, son comparaciones o imágenes destinadas a ilustrar una idea o enseñanza, en concreto, sobre el Reino de Dios. 


Este modo de enseñar atiende al conjunto de elementos de una enseñanza, de la que se desprende una conclusión para iluminar la vida que Cristo nos trasmite y que nos invita a vivir de manera altamente comprometida.

 

Las parábolas que leemos en los tres evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas, llamados sinópticos, porque puestos en forma paralela, nos revelan en conjunto y más ampliamente posible, la vida y la acción apostólica de Jesús, el Mesías enviado por el Padre eterno para que conozcamos su Reino de vida y de amor y nos incorporemos a él, con nuestro bautismo, con las luces y gracias del Espíritu Santo, mientras caminamos peregrinos por este mundo hasta alcanzar el premio y el gozo del cielo para toda la eternidad.

 

La parábola del sembrador

Las parábolas contienen “los secretos del Reino de Dios” y es lo que Cristo hace entender y saber a sus discípulos y misioneros de su Palabra dirigida para todos los hombres, pero aclarando con una respuesta que dio a los que lo seguían: “¿Porque hablas a la gente en parábolas? A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no”.


Es en este contexto doctrinal y circunstancial, en el cual Jesús les expone la parábola del sembrador y otras más.


Si hemos escuchado atentamente la proclamación del evangelio y si hemos captado el relato de esta parábola, ahora podemos afirmar, que ya no es muy necesario dar la explicación de esta parábola que el mismo texto evangélico interpreta sapientísimamente en labios de Jesús.


Con él podemos ahora sintetizar y reflexionar asimilativamente el significado de las cuatro clases de terreno en que cae la semilla del sembrador, a saber: la semilla que cae al borde del camino, la que cae en terreno pedregoso, luego en las zarzas, terrenos que dificultan y ahogan, el crecimiento de la buena semilla y sobre la tierra buena que da entonces el buen fruto del treinta, del sesenta y el cien por ciento.


Esta parábola del sembrador es muy actual, siempre que nosotros los cristianos, iluminados con la gracia del Espíritu Santo y cumpliendo con el mandato evangélico de anunciar y testimoniar a todos los pueblos “la buena nueva el Reino de Dios”.


Pueblos de hoy con culturas tan complejas y con algunas dimensiones meramente terrenas y temporales. 


Definitivamente, Cristo proclama los secretos del Reino divino dentro de una nueva dimensión trascendente por el camino de nuestra fe, de nuestra esperanza y del amor que profesemos a Dios y a todos los hermanos llamados a pertenecer a este Reino, en el cual se ha de vivir el amor desglosado en comunión fraterna, en solidaridad, justicia, seguridad social y respeto a los derechos de todos y cada uno, en la propia nación y también en el concierto de los pueblos sobre la faz de la tierra, patrimonio de todas las razas sin acepción de personas, porque Dios nos ha hecho hijos con su amor, hermanos de Cristo y con la inhabitación del Espíritu Santo en nuestros corazones y almas.


Conclusión práctica

Hermanos y hermanas: para concluir nuestras reflexiones de esta homilía, no queda otra cosa sino preguntarnos sincera y comprometidamente en la presencia de Dios, quien todo lo ve y conoce los íntimos pensamientos, intenciones y afectos de nuestras almas y nuestros corazones: ¿Qué clase de terreno somos nosotros, y soy yo en particular? ¡La respuesta la hemos de dar cada uno personalmente, en primer lugar y luego comunitariamente, para que el mundo crea que Dios nos ha llamado a su Reino de amor y servicio, en la hora histórica actual y de frente al horizonte inabarcable de la vida que esperamos alcanzar perfectamente en el cielo por toda la eternidad!

*Obispo emérito de Zacatecas