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El Día del Señor

La transfiguración del Señor Jesús

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
~
06 de Agosto del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




Introducción
Hermanos y hermanas: en este domingo 18 del Tiempo Ordinario y en el Ciclo A, la liturgia eucarística de nuestra Iglesia Católica, nos presenta la Solemnidad de la Transfiguración del Señor, que siempre está fijada para el seis de agosto de cada año, pero que a veces suele coincidir en domingo, como es el caso de hoy y precisamente por ser fiesta del Señor, se celebra desplazando el domingo correspondiente a este Ciclo para subrayar la importancia que tiene.

Esta Solemnidad de la Transfiguración de Cristo en el Monte Tabor, es como un anuncio - que precede a su pasión – de su resurrección.

El texto que la Iglesia proclama el día de hoy, lo encontramos  también en el segundo domingo del tiempo cuaresmal, pero allí se nos hace saber que tiene un fuerte llamado a la conversión y a la penitencia que son propios de la cuaresma.

En cambio, la solemnidad de hoy, nos conduce directamente a contemplar y asimilar espiritualmente el hecho mismo de la transfiguración de Cristo, que se nos muestra con el esplendor magnífico de su gloria; así el Padre eterno nos manifiesta que en su querido Hijo encarnado se nos revela y se nos manifiesta, como una ventana de su gloria en su Hijo muy amado, a quien debemos escuchar y seguir, para asegurar firmemente, nuestra esperanza en la realidad gloriosa, a la cual somos llamados los que en él creemos.

El hecho mismo de la transfiguración de Jesús
Las dos primeras lecturas de hoy, nos abren el camino para que podamos percibir y desde luego lograr el aprovechamiento de fe, esperanza y amor, que nos depara el acontecimiento de la transfiguración del Señor.


En efecto, la contemplación de este misterio en la vida de Jesús, nos confirma y nos da seguridad para confiar en él, sabiendo que con certeza objetiva captada en la montaña en la cual Cristo brilló, se nos da una “prenda” y “arras” de nuestra futura gloria en el cielo, pero acompañando a Jesús primero en su pasión y muerte, como expresiones de amor y entrega totales, hasta la muerte y muerte de cruz, para obtenernos  nuestra salvación temporal y eterna. Cristo, por voluntad de su Padre eterno y con la luz inapagable y energía poderosa del Espíritu Santo, se ha transfigurado en lo alto de la montaña, para consolar y animar a sus discípulos y misioneros en la gran encomienda apostólica de anunciar y difundir su reino, a todos los pueblos de la tierra.

El profeta Daniel en la primera lectura, ha contemplado en una visión nocturna a “un hijo del hombre”, quien venía entre las nubes del cielo y que avanzaba hacia el anciano de muchos siglos y fue introducido en su presencia. 

Entonces recibió la soberanía, la gloria y el reino y concluye: “Y todos los pueblos y naciones y todas las lenguas lo servían. Su poder nunca se acabará, porque es un poder eterno, y su reino jamás será destruido”.

Y San Pedro en el texto  de su Segunda Carta, nos da por revelación divina que él recibió en el Tabor con Santiago y Juan, sus compañeros,  la gran experiencia luminosa de Cristo transfigurado para acrecentar y asegurar nuestra fe en Cristo luminoso y esplendente, anuncio cierto de su inminente pasión y muerte y camino hacia su resurrección gloriosa.

La transfiguración de Jesús, según el evangelio de San Mateo
Cito el texto evangélico: “En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado.

Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve.

De pronto, aparecieron ante ellos Moisés, (representante de la ley) y Elías, (representante de profetismo), conjuntados como anuncio en la persona y misión salvadora de Jesús y  conversando acerca de su pasión, muerte y resurrección. Entonces Pedro le dijo a Jesús: Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí!. Si quieres, haremos aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando estaba hablando Pedro, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias, ESCÚCHENLO.

Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: Levántense y no teman. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús”.

Exhortación final
¿Qué significa para nosotros el hecho de la Transfiguración de Jesús en nuestra cultura con su complejidad de incesantes e ininterrumpidas comunicaciones a través de los medios tan maravillosos y eficaces, que hoy posee y usa la humanidad?

Los discípulos Pedro, Santiago y Juan, subieron con Jesús a lo alto de una montaña para manifestárseles con gloria, alegría y anuncio de su resurrección. Como ellos, invitados por Jesús, es necesario y muy conveniente, subir con él y sus discípulos, al monte de la oración con profunda fe y con la contemplación serena y fructuosa del encuentro constante con el Señor, dejando las tinieblas del pecado y de la muerte, lejos de Dios.

Y en contemplación silenciosa, recibir de Dios sus dones, para que nuestros semejantes se edifiquen con nuestro testimonio de oración y servicio a la luz de su Transfiguración: rebosantes de bondad, comprensión, justicia, fraternidad sincera y leal, reconciliación, paz, seguridad, perdón y comunión universal. He aquí las pruebas de nuestra transfiguración y escuchar también nosotros la voz del Padre sobre su Hijo: “Este es mi hijo muy amado. Escúchenlo, ahora y para siempre”.

*Obispo emérito de Zacatecas