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El Día del Señor
La fe y la oración conjuntadas en el verdadero creyente
Fernando Mario Chávez Ruvalcaba 19-08-2017 19:02 hrs

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Liga Corta




Introducción

Los temas bíblicos que nos presenta la Iglesia en sus Eucaristías Dominicales, nos llaman a contemplar, reflexionar y asimilar sus contenidos, con el fin de acrecentar nuestra fe cristiana, alimentada con la Palabra de Dios, para luego dar testimonio viviente y comprometido, de nuestro seguimiento de la persona de Jesús, en la misma Iglesia y para el mundo, como discípulos, testigos y misioneros de la Buena Nueva del Reino de Dios, que Jesús continuamente nos expone. Podemos afirmar que cada domingo es un llamado de Dios por Cristo y su Espíritu Santo, para tener siempre abierta nuestra fe y nuestra oración, conjuntadas en nuestras almas y en todas las obras de nuestra existencia, y manifestar de esta manera nuestra identidad de cristianos en el camino de nuestro seguimiento de Cristo y su evangelio con el fin de que el mundo crea, ore y logre la salvación para el tiempo y la eternidad.

La mujer cananea del evangelio de hoy, según San Mateo

¿Qué nos dice y enseña el texto bíblico del evangelio de hoy, acerca de la mujer cananea que pidió a Jesús la curación y liberación de su hija de una posesión diabólica que la atormentaba terriblemente?

Contemplemos el relato evangélico: cuando Jesús camina hacia la comarca de Tiro y Sidón en la costa del mar Mediterráneo y en territorio de la actual Siria, aparece “el universalismo” de la salvación anunciada y realizada por Cristo, el Mesías enviado por el Padre. “Una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio!” Esta mujer no pertenecía al pueblo de Israel y era pagana y con todo y esto, conocía y creía en las promesas a Israel, pues lo llama correctamente: “Hijo de David”. Nos impresiona que ante el grito de esa mujer atribulada, Jesús se mostró un tanto indiferente “pues, no le contestó ni una sola palabra”.

La mujer entonces empezó a gritar más fuerte y con insistencia e iba de esta manera detrás de Jesús y sus discípulos y apóstoles, tanto fue así, que ellos le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”.

Él les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”. Esta respuesta desconcertó a los discípulos por inesperada y dura. Jesús quería enseñarles que la revelación de la salvación que el Padre le había confiado, debía realizarse con orden, comenzando por el pueblo de Israel, pueblo elegido y con él, abrir la salvación para todos los pueblos de la tierra, que por los judíos eran considerados paganos y fuera de su raza o nación.

La mujer cananea se acercó entonces a Jesús, y postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!”. Él le respondió de manera aún más dura y desconcertante: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Jesús atemperó la referencia hacia los paganos que por los judíos eran llamados despectivamente “perros”.

Pero la mujer canana replicó sin perder su fe y oración: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús conmovido en lo profundo de su espíritu le respondió: “¡Mujer qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

Fe y oración unidas de la mujer cananea, modelo para todo cristiano

En el transcurso de la historia de la Iglesia se ha visto en la mujer cananea un modelo de fe y oración muy unidas. Podemos precisar algunos aspectos o características de cada una con visión unitaria y conjuntada.

 +  La Oración: Es una súplica ferviente, llena de reverencia, adoración y amor. Es diálogo con Cristo y por él al Padre con la moción del Espíritu Santo. Oración llena de confianza, perseverancia y sin desmayar. Oración con fuerte relieve personal, que sale al encuentro del Señor; oración orientada a la ayuda y liberación de sí mismo y del prójimo, como fue a favor de su hija gravemente sufriente y atormentada por un espíritu maligno.

+  La Fe: incondicional, con plena confianza en el poder de Cristo como salvador y fuente de vida y curación. Fe que descubre a Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre. Fe en el Mesías del Padre, su enviado, para la redención y elevación de los hombres desde la postración del pecado, superando las insidias y tentaciones del maligno; las enfermedades, las tribulaciones y la misma muerte. Fe que es preludio de incorporación a la vida íntima de Dios para alcanzar el gozo pleno del cielo, ya sin sombras y vicisitudes de dolor, lágrimas, tinieblas y muerte.

Por último, la oración de la fe es diálogo amoroso con Dios y disponibilidad ante él; es apertura a la fraternidad humana ante el dolor y tribulaciones de los hermanos. Es alabanza y bendición al Dios trino y uno y es también, por supuesto, súplica de quien se reconoce indigente ante el Señor y necesitado de su ayuda y sobre todo de su amor misericordioso y su perdón.

Conclusión

 ¡El evangelio de hoy nos debe ayudar a renovar nuestra vida de fe y oración, como la mujer cananea. Pidámoselas a Cristo en esta eucaristía dominical para que nuestra esperanza y amor se colmen de alegría y paz, hoy, mañana y para siempre!

Obispo emérito de Zacatecas