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El Día del Señor

Nuestra salvación consiste en hacer siempre la voluntad de Dios padre

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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01 de Octubre del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




Cristo espera de sus cristianos que seamos solidarios en las buenas y en las malas.
Cortesía / Cristo espera de sus cristianos que seamos solidarios en las buenas y en las malas.

Introducción

Al venir a este mundo como seres inteligentes y libres con el ejercicio de nuestra voluntad, hemos recibido la vocación y el llamado para conocer a Dios quien nos ha creado para que, lo amemos y hagamos siempre su voluntad, realizándonos verdaderamente de acuerdo a lo que nuestro creador y salvador, nos manda para recibir sus bendiciones en la tierra y alcancemos la felicidad eterna en la comunión celeste.

Por esto, Cristo, al enseñarnos la oración perfecta del Padre Nuestro, en su parte central, nos dice que pidamos a Dios Padre: “Hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra”. Y San Agustín de Hipona nos enseña, refiriéndose al cumplimiento de la voluntad divina: “Dame lo que me pides y entonces, pídeme lo que quieras”.

De lo que llevamos dicho en esta introducción a la homilía de este domingo, propongo que reflexionemos acerca de la voluntad divina de la cual depende, al cumplirla, nuestra salvación temporal y eterna y de acuerdo a los textos bíblicos que la Iglesia nos presenta hoy en la liturgia de la Palabra. Entremos pues, al cuerpo doctrinal de nuestra reflexión homilética.

Hacer siempre la voluntad de Dios padre para salvarnos

En el evangelio, según San Mateo, Cristo propuso a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo de Israel una pequeña parábola, preguntándoles: “¿Qué opinan de esto?”. Y entonces les enseñó que un padre de familia tenía dos hijos.

Fue a ver al primero y le ordenó que fuera a trabajar en la viña de su propiedad. Él le contestó: “Ya voy, señor”, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: “No quiero ir”, pero se arrepintió y fue.

Jesús entonces preguntó a sus interlocutores: “¿Cuál de los dos hijos hizo la voluntad del padre?”.

Ellos le respondieron sensatamente: “El segundo”. Lo que no se imaginaban es que Jesús les iba a decir que ellos eran el primer hijo y el segundo los publicanos y las prostitutas, pues estos habían creído en Juan el Bautista y ellos no.

Lo verdaderamente importante no es conocer la voluntad de nuestro Padre Dios, sino cumplirla. Ciertamente los sumos sacerdotes y ancianos eran personas conocedoras de la voluntad de Dios; eran personas que, de palabra, le decían a Dios: “Si voy a trabajar en la viña”, pero de hecho, ya en la práctica, se contentaban con hacer cargas muy pesadas a los demás a nombre de la ley, pero ellos ni con un dedo querían moverlas.

Ahora bien, los pecadores que se arrepienten, son los que, con su conducta, primero dicen: “No quiero ir a trabajar en la viña”, reniegan, son rebeldes, pero cuando conocen a Dios, sus designios, su voluntad, cuando creen en Cristo, se arrepienten y a partir de entonces hacen la voluntad del Padre.

Estos no conocían la voluntad de Dios, pero una vez que la conocen se entregan generosamente a trabajar en la viña del Señor.

Aplicaciones prácticas de la doctrina contemplada

Con esta parábola podemos sacar como enseñanza principal e ineludible, que lo importante, no es conocer únicamente la voluntad de Dios, sino cumplirla con pensamientos, palabras y obras a lo largo de nuestras vidas y en cada etapa y conoceremos y llevaremos, entonces, a los hechos de la vida diaria la voluntad divina, si somos asiduos lectores de la Palabra de Dios y en ella encontraremos la luz y el poder de la gracia, para entender cada día y a cada momento, cuál es la voluntad de Dios.

En este sentido, al cumplir esa voluntad, habremos edificado nuestra casa espiritual y religiosa, sobre la roca angular que es Jesucristo. En cambio, el que escucha sus palabras y no las pone en práctica, se parece al que edifica su casa sobre arena movediza, de tal manera que con la primera tormenta se puede caer (Mt 7, 24 – 27).

Conclusión

¡Hermanos, el Señor el día de hoy nos invita a trabajar en su viña, digámosle que sí vamos, en el ámbito de nuestras familias; en el mundo de los trabajos y profesiones; en el cumplimiento generoso de nuestras obligaciones diarias; haciéndonos solidarios con los que necesitan nuestra ayuda y comprensión, sobre todo en estos tiempos calamitosos que vive nuestra patria sacudida por los temblores y en los cuales muchos han quedado sin hogar habiéndolo perdido todo, incluso sus seres queridos! 

Cristo espera de todos y cada uno de sus cristianos, que seamos solidarios en las buenas y sobre todo en las malas, como dice el dicho popular.

Invoquemos a María y a todos los santos de nuestra especial devoción, para que vengan en nuestro auxilio y de esta manera tengamos un solo corazón y una sola alma, al igual que como vivieron muchas comunidades del cristianismo inicial en la historia de nuestra salvación, porque también, no sólo el que dice: ¡Señor!, ¡Señor! .

Entrará en el Reino de los Cielos, sino precisamente, el que cumpla la voluntad de Dios altísimo, en estos días que vivimos y para la eternidad.

*Obispo emérito de Zacatecas