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La más alta responsabilidad

Huberto Meléndez Martínez
~
03 de Octubre del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




A Paulita, Lorena, Dunia, Elsi, Maimí, Olivia, Fidel, Eliud, Queco..., por permitir ser mis conejillos de indias.

Todo catedrático de un posgrado tiene el agobiante peso del compromiso de hacer que en muy poco tiempo, sus alumnos demuestren pasar de un estado de conocimiento a otro de nivel superior. Saben de antemano sobre la necesidad de fomentar el autodidactismo, pues en clase solamente pueden proporcionarse los fundamentos esenciales para que cada uno, por cuenta propia, depure su proyecto de investigación y lo desarrolle de manera original.

Las consultas bibliográficas, la asimilación de contenidos, el discernimiento de las ideas, los ensayos e intentos de escritos en borrador, en limpio, revisados una y otra vez hasta encontrar la coherencia indispensable para hacerse entender con los posibles lectores, propios o ajenos, implica sesiones prologadas y reflexiones profundas sobre el tema de estudio.

El estudiante de licenciatura navega entre las obligaciones de prepararse y las aguas de la distracción, la seducción de las situaciones propias de la juventud, combinada con la indefinición de sus aspiraciones (en buen número de casos). Quizá la sensación de incomodidad por depender económicamente de la familia (aunque una cantidad loable costea sus estudios trabajando a contra turno), contribuya en la generación de dudas por continuar la carrera.

Los desencuentros, las confusiones y la falta de madurez de los estudiantes de preparatoria, aunado a otros factores en los docentes, reflejan la alta deserción en el primer semestre.

Los años dorados de la secundaria son tema aparte de análisis e introspección cuidadosa.

La profesora y el profesor de primer grado de primaria ven con angustia el fluir de los días, pasar las semanas y los meses, aumentando la desesperación por advertir los signos esperados de los aprendizajes de sus educandos. Cumplir con la encomienda de enseñar los sonidos y la escritura de las letras, queda en un contrato ineludible entre el docente, los padres de familia y sus autoridades.

Transcurría el mes de abril cuando un maestro advirtió murmullos inusuales en el salón de clases. Se percató de un papel que pasaba de mano en mano entre algunos de los niños, pidió al depositario del mismo, llevarlo al escritorio. Tenía un feo dibujo de una muñeca, con una leyenda al pie: se parese a Rosaura. Con esa falta de ortografía, pero con mayúscula en el nombre de la niña aludida. Hasta entonces advirtió la circulación de otros recados con diversos mensajes.

¿Quién escribió esto?, inquirió el educador, miradas y semblantes risueños voltearon pícaramente hacia Paulita, algunos decían que Dunia y otros señalaron a Lorena, Eugenia y Adán.

Experimentar la satisfacción espontánea de los aprendizajes de estos pequeñines, inhibió el impulso de llamar la atención sobre el contenido quizá ofensivo de esas cartas.

Esta vivencia, en opinión de quien esto escribe, es la más alta responsabilidad que puede tener un mentor en su vida profesional, lograrlo representa una satisfacción incomparable. Es alcanzar una de las metas más anheladas de un formador: enseñar a sus pupilos a leer y escribir.