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Andanzas

El Santuario

Ricardo González
~
05 de Octubre del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




En la cima de una montaña que había cambiado varias veces de nombre, se levantaba imponente un pequeña capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe, este santuario le daba a la montaña su nombre.

Como siempre el pasado es una eterna revolvedera de cosas que sí pasaron y de mentiras o leyendas, que la gente acepta como verdaderas. Mi viejita siempre decía que ese templo siempre había estado ahí, desde que llegaron los primeros conquistadores.

Lo cierto es que esa capilla siempre ha estado en constante construcción, que si las ventanas, que si las escaleras, que si los muros, que si las banquetas para los danzantes, siempre el cura buscándole mejorar su templo a la virgencita como dice él.

Recuerdo que desde niño siempre me llevaban cada 19 de diciembre, mi viejecita nos compraba unos tacos o unas tortas para desayunar, un coco para tomar, pero claro siempre después de haber ido a misa primero y estar quietecito todo el rato.

Ya de más grande le fui agarrando un cariño diferente, cuando venían mis primos del norte, ellos subían a dar gracias por la ayuda de la Virgen que habían recibido durante el año, y ya después de salir de rezar nos íbamos por unos cocos.

Pero los cocos no eran como con mi viejita, les ponían vodka o anís, n’ombre la cosa allá arriba se ponía rebuena, una vez casi nos quedamos a dormir, porque no podíamos dar paso, solo que uno de los que ponían puestos de comida se apiadó de nosotros y nos subió en sus burros.

Esa vez supe como carajos subían tantas cosas a la cima, porque allá arriba no faltaba nada, comida, bebida, dulces, rosarios, estampitas de la Virgen, churros, globos, en fin de todo había. 

Porque la carretera es reciente, antes todo subía y bajaba en burro o a caballo, iban los burritos por el estrecho sendero bien cargados de cántaros y cazuelas y demás avíos.

Los días de fiesta siempre son los mejores, pues allá arriba podías ver a los riquillos del pueblo, a los poderosos, a los profesores, todos reunidos allá, esperando saludar a los amigos que recién llegaban de los Estados Unidos, o encontrarse con los amigos que venían de la capital o de otras ciudades.

Los grupos de niños y niñas corriendo, las señoras enrebosadas en la pura rezadera, los parroquianos en los cocos, los adultos en la baraja, todo el pueblo juntito, todos hasta en la cima, lo curioso es que ni en la plaza los domingos podías ver toda esa gente.

Voy pensando todo esto al ir subiendo la vereda que conduce a la cima, saboreándome los tacos.