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Excepto los peces
Antonio Sánchez González 13-10-2017 00:00 hrs

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Liga Corta




Si todas las medicinas fueran arrojadas al mar todo el mundo estaría mejor, excepto los peces”. Esa máxima de Olivier Wendell, el médico y escritor estadounidense del siglo XIX, que suena hoy como una exageración, todavía contiene un grano de sabiduría. Para generaciones de médicos, la enseñanza predominante era prescribir la menor cantidad de fármacos para evitar efectos secundarios no deseados e interacciones medicamentosas. No más.

Incluso teniendo en cuenta avances tecnológicos notables -trasplantes de órganos, cirugías robóticas, registros médicos electrónicos- la mayor diferencia en la medicina occidental desde los años setenta es el aumento en el número de medicamentos recetados a los pacientes de hoy. 

Para tratar enfermedades crónicas y controlar los síntomas, el enfermo mexicano promedio toma alrededor de 11 medicamentos al año, en comparación con siete, 20 años atrás. Los pacientes que una vez entraban en la oficina del médico llevando sus medicamentos en su mano, ahora necesitan una bolsa de supermercado.

En la década de 1970, el gasto en medicamentos sumaba aproximadamente el 5% del total de los costos de atención médica en los Estados Unidos. Hoy, eso se ha duplicado y está aumentando rápidamente. Es cierto que los nuevos fármacos utilizados para tratar las enfermedades una vez tratadas con cirugía pueden reducir los costos, ya que la cirugía es generalmente más cara.

Simplemente citar aumentos en el gasto en medicamentos e ignorar la compensación en los costos quirúrgicos da una imagen engañosa de los costos generales de los medicamentos recetados. Sin embargo, el gasto en medicinas recetadas se ha incrementado en un asombroso 200 000 millones de dólares en dos décadas.

¿A qué se debe el aumento exponencial en la prescripción de medicamentos? Hay una serie de razones, algunas legítimas. El paciente promedio es más viejo, más pesado, con más hipertensión, colesterol alto, diabetes, osteoporosis y artritis que hace una generación y todas esas condiciones se tratan efectivamente con medicamentos.

El marketing directo a los pacientes es otro factor que propicia el incremento en el número de medicinas anotadas en cada receta. Las leyes permiten la publicidad directa de los medicamentos y los pacientes se volvieron más “proactivos” al acercarse a sus médicos en la búsqueda de los últimos tratamientos de los que han oído hablar, en la internet o en los anuncios del fútbol. 

En un esfuerzo por complacer a sus accionistas, las compañías farmacéuticas han hecho campañas de marketing enormemente eficaces.

Empleando hábilmente doctores influyentes como oradores y en paneles asesores, las compañías han ampliado los mercados para sus productos. Por otra parte, la medicina se ha vuelto compleja porque ahora existen medicamentos que han demostrado beneficios marginales en grupos muy seleccionados de pacientes que presentan variantes específicas de enfermedades crónicas comunes y las fronteras que delimitan circunstancias clínicas específicas son cada vez más borrosas.

La lección para los pacientes y los médicos es que los pacientes deben prestar atención al consejo de sus médicos (ya que los resultados del tratamiento de una enfermedad específica con una medicina específica no se aplican a todos los pacientes), pero la atención servil a un número de tratamiento particular, por el paciente o el médico, no siempre se justifica y el resultado es una receta llena de medicinas con interacciones potencialmente perjudiciales.

Los médicos debemos reevaluar periódicamente las necesidades de un paciente por un medicamento en particular, en lugar de añadir automáticamente nuevos fármacos a su régimen. Las patentes deben entender qué medicamentos están recibiendo y por qué. También deben darse cuenta de que cada medicamento tiene el potencial de reacciones adversas.

La prescripción de medicamentos debe basarse en la eficacia clínica y en el buen juicio, no en hipótesis.