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Andanzas

Recuerdos del Colegio

Ricardo González
~
19 de Octubre del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




Una vez leí que “existen dos vidas: la vida en sueños como nubes llena de bellos recuerdos;  la otra la vida del día a día, esa la que terminará metiéndonos en un cajón”.
La semana pasada las Madres Diocesanas Oblatas de San José celebraron su 75vo aniversario, el festival ofrecido para ello me trajo recuerdos de cuando cursé la primaria en el Colegio Miguel M. de la Mora.
Cuando pienso mis días, mis mañanas, mis tardes en el colegio, asaltan mi mente muchos recuerdos de esos de los entre sueños y nubes; recuerdos que te erizan la piel.
Siempre la memoria falla querido lector, si fuimos contemporáneos ayúdame comentando los nombres que hayan faltado o recuerdos que usted tenga.
Recuerdo con cariño a la Madre Tere, a la Madre Oliva, pero viene a mi memoria el miedo y respeto que después se convirtió en cariño que sentíamos por la Madre Queta. Ella era examen final de primaria, todo el sexto año ella sería tu maestra; -será imposible pasar- pensábamos. 
Mis compañeros de generación fueron: Maritza Macías, Frania, Lety Pérez, Karina Gómez, Carmen Gómez, Rocío Díaz, Paulina Raya, Yadira Reyes, Viridiana Huerta, Marco Vitar Roque, Juan Manuel López, Edgar Daniel López, Andrés Pedroza, Daniel Reyna, Javier González, Luis Muñoz, Roberto Muñoz, Rodrigo Polino, Kevin Hernández, Esteban Magallanes, Zahid Aréchiga, Guillermo Viramontes, Ulises López, Alberto López, Emmanuel Rivas (ahora en esta lista hay profesionistas, ingenieros, arquitectos, madres y padres de familia), compañeros me disculpo por los que he olvidado.
Cómo olvidar a doña Tere, sus burritos de carne molida con frijoles, la fila para comprarlos y cómo nos entreteníamos viendo a los de kínder. A la hora de la salida correr a comprar un helado o esas tiras plásticas que se podían trenzar y hacer figuras con ellas. Como cada viernes primero de mes nos llevaban a misa al templo del Rosario, todos agolpados en las bancas hasta enfrente, no siempre bien portados.
Las altas ventanas de los salones (que por cierto ya cambiaron, ahora son a la altura normal). Los encuentros-campamento que organizaban cada año. La emoción que sentimos cuando hicieron una pequeña alberca en el área de juegos del kínder. Cuando nos llevaban al templo junto de la casa de las madres.
El Colegio sentó bases muy importantes en sus aulas; supe de Aristóteles y Platón antes de la secundaria. La historia no se diga fue lo que más me gustó. Los quebrados, la ortografía. La religión.
En fin, en sus aulas, pasillos y canchas recibimos una educación basada en principios religiosos, que nos sigue haciendo seres humanos con múltiples defectos, pero con la idea de buscar de ser mejores personas cada día.