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Muy noble y leal ciudad: artes y letras del Zacatecas virreinal

La muerte de Antonio Núñez de Miranda

Salvador Lira
~
30 de Octubre del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




Imagen del Arte del bien morir, en las exequias a Carlos II.
Cortesía / Imagen del Arte del bien morir, en las exequias a Carlos II.

Antonio Núñez de Miranda fue una de las personalidades culturales del siglo 17 novohispano. Nació el 4 de noviembre de 1618 y fue bautizado en la parroquia de Fresnillo. Juan de Oviedo –rector del Colegio Real de San Ildefonso– retrató su biografía en Vida ejemplar…, impreso en 1701.

Los últimos capítulos del libro son la reconstrucción de la muerte y exequias del fresnillense. La descripción que realiza Juan de Oviedo va de los testimonios, hacia la modelación del Arte del buen morir —tradición medieval iconográfica que indica el modo en que debía fallecer un buen cristiano. 

Juan de Oviedo indica que su vida fue una preparación para su muerte. Así, todas las noches leía o hacía que le leyeran un párrafo del capítulo 23 De meditatione morti, del libro Contemptus mundis…, con el objetivo de: “en aquellas concisas sentencias hallaba saetas que le atravesaban el corazón, y le eran continuo recuerdo para disponerse a bien morir”.

Tal acción la hacía como un memento mori, es decir, un recuerdo de la muerte. Cabe mencionar que en la época del barroco, la muerte era un proceso de trasmutación, en donde el cuerpo no importaba, sino el espíritu.

También rezaba diariamente un rosario llamado De la muerte, con la siguiente oración:

Señor mío Jesucristo por los dolores, y tormentos de vuestra santísima pasión, y muerte os suplico, que me des buena vida, y buena muerte; y por el desamparo, que tuviste en vuestra muerte, me ampares en la hora de la muerte.

Su muerte fue anunciada de manera simbólica. Tenía un reloj en el coro de la Purísima, que le servía –ese es su significado en la época– de distribución de tiempo y observancia de los momentos a un lugar superior.

Un poco a tientas, por estar ya algo ciego, quiso ajustarlo, ocasionándole un fuerte golpe en la cabeza. El cirujano llegó posteriormente a revisarlo.

No era de gran cuidado, sin embargo se dio cuenta de que el jesuita tenía unas grandes cataratas en los ojos. Se las extrajo, con éxito, aunque en la recuperación empeoró.

El 16 de febrero de 1695, miércoles de ceniza en ese año litúrgico, se le suministraron los elementos en razón al Arte del buen morir. Se le puso la ceniza propia del día. Luego, se le dieron los sacramentos. Por la tarde, entró su confesor y le administró el Viático.

Le llevaron la imagen de la Purísima virgen del altar mayor de la capilla, para que le consolara y reflexionara sobre el paso que iba a dar.

Al día siguiente, se le dio la extremaunción. En presencia de la imagen de la virgen, murió el 17 de febrero de 1695: “[…] entregó su espíritu en manos de su Creador el primer jueves de Cuaresma […].”

Escritor e investigador