×
×
×
×


Búsqueda


Introduzca su búsqueda



X

De las generaciones en las hegemonías del poder

José de Jesús Vela Cordero
~
09 de Noviembre del 2017 00:00 hrs
×


Compartir



Liga Corta




Los estudios de las elites políticas en México tuvieron uno de sus puntos más altos en la década de los setenta, cuando Roderic Ai camp, en su libro La formación de un gobernante, la socialización de los líderes políticos en México hace un recorrido por el trayecto de la formación de un gobernante posrevolucionario, para ello toma como referencia las variables: participación o discusión política de los padres, la edad en que se insertaron en la política y la influencia de la educación que se recibieron (escuela, preparación académica, formación de los maestros, círculos intelectuales).
Con ello nos explica el perfil de la clase gobernante que estaba inmersa un contexto cultural que había sido heredado por la Revolución, en ese sentido hasta los primeros años de la década de los ochenta la clase política se identificaba con el ideario revolucionario y sus figuras. Se decían herederos de la Revolución y continuadores del legado zapatista, villista, obregonista, callista y en menor medida maderista y carrancista. Este contexto se repetía en las regiones, por lo que era necesario decirse revolucionario o ser familiar aunque sea en último grado de un personaje ligado al proceso revolucionario o sus secuelas para ubicarse en las vías de acceso al poder y sus privilegios.
Ese escenario con todo y sus inercias tanto negativas o positivas, generó una clase política que asimilaba la importancia de la ley, el sistema y el Estado. Entendieron que más allá de logro del poder, había un régimen y un sistema que tenía que preservarse.
Esta concepción no era fruto del proceso de institucionalización, sino del entendimiento del antecedente inmediato que significaba la sustitución de una elite por otra. Para esta generación el Estado y sistema eran el mecanismo de preservación y continuidad de su hegemonía. También significaba la viabilidad, continuidad del Estado y régimen con todo y sus inercias que si bien tenía saldos negativos era el único mecanismo de equilibrio entre el reparto de oportunidades y el conflicto social. Por esto se privilegiaban otros factores para la renovación de las elites políticas (capacidad y merito).
Sin embargo, la banalización de la política como parte de la gestión del conflicto por el reparto de oportunidades y la disminución del Estado visto como la centro de oportunidad gerencial, han impulsado una generación de clase gobernante cuyo incentivo son los privilegios y posibilidades económicas que desde el Estado se pueden generar. 
Nota. Se ha hecho a un lado la función política del Estado, así se disminuye y debilita al garante de la sociedad.