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¿Cómo festeja las posadas?

Pedro Infante, la estrella inmortal de México
Excélsior 18-11-2017 00:00 hrs

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Cortesía / El astro sinaloense sigue vivo en la memoria de los mexicanos.
Cortesía / El astro sinaloense sigue vivo en la memoria de los mexicanos.
Cortesía / El astro sinaloense sigue vivo en la memoria de los mexicanos.
Cortesía / El astro sinaloense sigue vivo en la memoria de los mexicanos.

CIUDAD DE MÉXICO. Hace 100 años que nació, han pasado 60 de su muerte y Pedro Infante (18 de noviembre de 1917-15 de abril de 1957) ha trascendido de un siglo a otro como si fuera un personaje atemporal y por ende inmortal, todo ello en gran parte a la vigencia de su legado cinematográfico de poco más de 60 películas.

El indudable ídolo del pueblo supo caracterizar con asombroso realismo al mexicano arquetípico que sueña con ascender hasta la cima de la escala social, que nunca deja una botella llena, que es desinhibidamente festivo, hábil con los puños pero nunca provocador, que se quita la camisa por sus amigos, que es travieso, divertido y chillón como los niños, además de ser galante y conquistador con las féminas o sacrificado proveedor como padre de familia. Un macho, pero no un machista. El partido ideal de las abuelas para sus nietas.

Incluso aún hasta cuando perdía siempre ganaba adeptos. Un campeón sin corona a quien la vida lo tira constantemente pero nunca puede noquear. La encarnación de la idiosincrasia mexicana y a la postre el artífice de la educación sentimental de un país que lleva más de medio siglo viendo sus películas, una y otra y otra vez. Ese fue, es y será Pedro Infante en sus películas, un indomable de la Época Dorada del cine nacional.

El desaparecido escritor Carlos Monsiváis definió al fenomenal actor en el cine como un género en sí mismo, alguien que con su filmografía cruzó el pantano de lo rural a lo urbano “sin manchar su celuloide”.

“Un film fracasa cuando ya no se continúa exhibiendo en la mente del espectador”, escribió en su libro de 2008: Pedro Infante: Las leyes del querer.

Si bien la aristocracia de su época decía que tenía rostro de chofer, como bien lo consignó José Emilio Pacheco en su novela Las batallas en el desierto, su gran carisma le abrió las puertas del lumpen a la burguesía, pues sólo bastaba que se enfundara un traje de charro o un smoking para conquistar a la élite femenina o hasta las extranjeras enajenadas con un personaje que en el cine nacional representaba a todos los hombres de su país.

Aunque adolecía de la gallardía y clase del soberbio Jorge Negrete y mucho menos tenía su educado rango vocal, Pedrito supo suplir sus carencias educativas como cantante con un inconmensurable carisma y una interpretación sumamente emocional, casi teatral en cada pieza, con lo que las hizo, nos guste o no, parte del soundtrack de nuestras vidas.

Por ello sentarse a ver sus películas —con el obligado paquete de pañuelos desechables para un maratón de lágrimas y risas— es casi una asignatura obligatoria en la búsqueda por entender el sentir, pensar y actuar del mexicano.