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Impotente a su manera

Antonio Sánchez González
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24 de Noviembre del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




El cáncer de páncreas tiene una tasa de supervivencia de menos del 5% a los cinco años y parece ser el menor de sus problemas. Durante varias semanas me ha sido difícil entenderla y me he sentido irritado cuando ha cancelado o ha llegado tarde a su cita. Cuando viene, está ausente e incluso despreocupada, lo que me ha llevado a preguntarme si entre médico y paciente soy el único preocupado.

Aunque su español está roto por ese inglés que tampoco domina y nuestras consultas consumen tiempo, pienso que nos entendemos bien. Por ejemplo, sé que las náuseas le molestan, su dolor surge en oleadas y su fatiga puede consumirle tanto que no puede levantar la cabeza de la almohada. ¿Pero cómo no entiende la gravedad de su situación? ¿Está en periodo de negación o yo estoy confundido?

Resulta que es viuda, retirada, recién repatriada de California donde vivió toda la vida. Está sola. Todo esto lo sé, pero no me parecía suficiente.

Ahora sé que a los 20 se fue al otro lado, descalza, al amparo de la noche, escondiéndose de la patrulla fronteriza, cargando a su hijo más pequeño, mientras el mayor se agarraba fuertemente a su vestido. Evitando la violación, los accidentes y la muerte, ella y sus hijos de alguna manera llegaron a su destino, donde se esforzó por reencontrar a su esposo desaparecido. Las noticias, al principio poco fiables, finalmente confirmaron que su marido estaba muerto. Y ya no había forma de regresar.

Entonces, aquí se encuentra de regreso, con pasaporte mexicano, esperando saber si su solicitud de atención a Medicare es atendida y a sabiendas de que tampoco tiene derecho a cobertura del Seguro Popular. No sabe cuánto durará la espera. Mientras tanto, sobrevive con la escasa asistencia de la pariente que se quedó acá, a quien nunca había visto y que casi desconoce, que le presta una habitación que estaba abandonada y que, cuando el dolor empezó, buenamente le ofreció alojamiento con muebles que estaban en desuso y mantas raídas. El frío penetrante que apenas empieza y la ducha rota no son nada, pero no es tan fácil volver 56 años después a un país que ya no es suyo. Usted que combatió trabajando la idea de la viudez siendo joven, a pesar de que lo tenía prohibido por su estatus de ilegal en un país que no era el suyo. Ahora se juntaron la enfermedad y la vejez.

Y entonces descubro que la verdadera razón por la que no acude a sus citas es porque no hay nadie a quien preocuparle.

¿Para qué si tampoco importa a sus hijos? Por supuesto, que no toma los analgésicos que le receto, ¿para qué confundirse en una neblina inducida por opiáceos? Por supuesto, no responde a las llamadas; sabe que no tiene caso responder a la enfermera. No es tonta, por supuesto, sabe que su cáncer es grave, pero esta no es la primera vez que está a punto de morir. Después de todo, dice rotundamente, todo es relativo.

Mientras le escucho, sigo pensando en mi papel como médico tratante. Pienso en mis colegas de Texas o Illinois que lidian con los problemas de salud “de los mexicanos”. Y me pregunto si sería mejor atenerme a redactar una receta. Después de todo, uno podría argumentar que es en ello donde tengo experiencia y, en realidad, no es que alguien quiera la opinión de un médico sobre lo que se debería hacer con los migrantes que intentan “invadirnos”.

Volvamos al dolor, la única cosa que espero sinceramente aliviarle. Usted me dice que el dolor del cáncer de páncreas, uno de los más severos, a veces palidece en comparación con el dolor de ser migrante en una tierra no deseada. Y volvemos a donde comenzamos, cada uno sintiéndose impotente a su manera.