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El Día del Señor
Preparemos el camino del Señor con la fuerza espiritual del Adviento
Fernando Mario Chávez Ruvalcaba 10-12-2017 05:00 hrs

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Introducción

Desde el domingo pasado, hemos comenzado el tiempo del Adviento, como vigilante y comprometida espera del Señor que viene a salvarnos de la incredulidad, del apego desordenado a las cosas de este mundo, para que trascendiéndolas con la gracia de Dios las convirtamos en vida nueva que desecha el pecado y la muerte eterna.

Esta es la gran tarea en el Reino de los Cielos como auténtica participación para nuestra redención personal y comunitaria. 

Esta redención está presente en la persona del Hijo de Dios hecho hombre y en la ejecución del plan salvador de Dios para una humanidad enferma, pero sanada por el amor misericordioso de Dios Padre, de quien viene todo don y dádiva perfecta, fruto también de la acción providente y liberadora del Espíritu Santo.

Ahora, en este Segundo Domingo del Adviento, las lecturas bíblicas como palabra y revelación divinas, nos llaman a preparar el camino del Señor, con la oración intensificada, personal y en comunión fraterna, con las obras de misericordia, con fe renovada, con esperanza vivificante y con amor ardiente para con Dios y con nuestros semejantes, asociando a nuestra salvación cristiana al universo entero vinculado a nuestra suerte, bajo la mirada de Dios y su plan maravilloso de salvación temporal, histórica y eterna.

Preparemos el camino del Señor como una calzada para nuestro Dios

La primera lectura de esta eucaristía dominical en labios del gran profeta Isaías, como voz que clama, escuchamos:

Preparen el camino del Señor en el desierto, construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios. 

Que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen; que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane.

Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán. ¡Así ha hablado la boca del Señor!”.

Esta profecía es muy actual y urgente para todos los pueblos de la tierra, ayer, hoy y mañana. Es la voz que ha clamado en el desierto a través de la figura señera y exigente del profeta San Juan Bautista. Su misión fue exhortar y anunciar el año de gracia del Señor Jesús. 

Como precursor y llamando a la conversión con un bautismo de penitencia en las aguas del río Jordán, en las cuales el mismo Jesús, sería bautizando por él, con el poder de lo alto, pero con su pureza de alma y cuerpo, unidos a su persona divina de Hijo de Dios. 

Por esto, ir a Jesús para recibir la gracia de su perdón que verdaderamente purifica de todo pecado y lejanía para con su Padre eterno. Precisamente con un bautismo de fuego y con la acción suprema y omnipotente del Espíritu Santo con el agua que nos hace crecer, preparando siempre el camino del amor y del servicio que nos conduce a Él y a su obra de salvación.

Isaías completa esta manifestación profética, diciéndonos: “Aquí está su Dios. Aquí llega el Señor, lleno de poder, el que con su brazo lo domina todo. 

El premio de su victoria lo acompaña y sus trofeos lo anteceden. Como pastor apacentará su rebaño, llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres”.

¿Cómo preparar el camino del Señor en nuestras vidas y en el mundo actual?

En la segunda lectura tomada de la segunda carta del apóstol San Pedro, se nos dice que toda la existencia de los hombres asociada a la suerte de salvación histórica y eterna por parte de Dios, debe estar fundamentada en Él, nos afirma: “Nosotros confiamos en la promesa del Señor y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia.

Por lo tanto, queridos hermanos, apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con Él, sin mancha ni reproche”.

Preparar el camino del Señor en nuestras vidas y en el mundo actual, será posible cuando acudamos a las aguas de nuestro bautismo renovándolo, actualizándolo, con la fuerza del Espíritu Santo. Haciendo vivo y operante el sello indeleble con el cual fuimos sellados para ser pregoneros del evangelio con nuestro testimonio cristiano, fecundo en pensamientos, palabras y acciones unidos a la misión que Cristo nos ha confiado.

Pregoneros del amor de Cristo, infatigables en propagar su evangelio de luz, fraternidad sin fronteras y mirando con amor, respeto, ayuda y cariño a todos nuestros hermanos, afirmando siempre y en repetidas ocasiones, que nuestro servicio cristiano sea en especial por los pobres, desamparados y por los que sufren las inclemencias de este mundo tan complejo, con sus luces y sombras, pero casa de todos; respetando la dignidad de nuestras personas. 

Haciendo siempre con nuestra entrega y trabajos de cada día constructores “del nuevo cielo y la tierra nueva en que habiten para siempre la justicia, el perdón y la misericordia”.

¡He aquí, hermanos (as), los modos de nuestro empeño para que Dios, Uno y Trino, nos halle en paz con Él y con nuestros semejantes, sin manchas y sin reproche cuando venga, primero a juzgar a cada uno el día de nuestra muerte y al final de los tiempos, cuando venga lleno de gloria y majestad a premiar a todos los que en su nombre y su poder, cumplieron con la misión de amor universal y duradero para siempre!

Obispo emérito de Zacatecas