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Testigos de alegría y esperanza
Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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17 de Diciembre del 2017 05:00 hrs
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Liga Corta




Cortesía / san pablo nos exhorta a estar siempre alegres en el Señor.

Hermanos (as): Estamos celebrando ahora el Tercer Domingo del Adviento. Desde este domingo y el que viene, nuestras liturgias eucarísticas dominicales, nos ambientan ya más directamente a poner el ejercicio de nuestra fe en la Navidad que está más cercana.

Este domingo se caracteriza por hacer resaltar nuestra alegría ante el nacimiento y llegada de Jesús en Belén de Judá.

Por esta razón, hoy vamos a encender en nuestra “corona de adviento”, el cirio color de rosa, símbolo elocuente de nuestro gozo para ir al encuentro de Jesús y celebrar con los pastores la gloria de Dios con inmensa alegría que ilumina nuestro mundo por el camino de nuestra esperanza.

San Pablo en su carta a los filipenses y como antífona de entrada a este domingo de adviento, nos dice y exhorta vivamente: “Estén siempre alegres, en el Señor, les repito estén alegres. 

El Señor está cerca”. Con estas palabras llenas de fe y esperanza nos adentraremos a la segunda parte de esta homilía con sus contenidos doctrinales y la práctica de los mismos.

Testigos de alegría y esperanza en el Señor que viene una vez más a salvarnos

En la segunda lectura de nuestra liturgia dominical, tomada  de la primera carta de San Pablo a los Tesalonisenses, nos vuelve a inculcar: “Hermanos vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios  quiere de ustedes  en Cristo Jesús.

No impidan la acción del Espíritu Santo, ni desprecien el don de profecía, pero sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno, absténganse de todo mal y que el Dios de la paz los santifique…”.

Y el evangelio de San Juan, nos habla de San Juan el Bautista, quien responde a unos hombres enviados por los fariseos;  les enseña claramente y sin ambigüedades, su identidad personal y su misión.

Les dijo, que no era el Mesías, ni Elías, ni el profeta anunciado por Moisés. Entonces le preguntaron. “ ¿Quién eres pues para poder llevar una respuesta a quienes nos enviaron?.¿ Qué dices de ti mismo?.

Juan les contestó: Yo soy la voz que grita en el desierto. Enderecen el camino del Señor, como anunció el profeta Isaías”. Yo soy el que bautiza con agua,  pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias.

Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba”.

Ahora también nosotros, creyentes de este siglo y en comunión con todas las generaciones de creyentes en Cristo, que nos han precedido, estamos también interpelados para atestiguar con pensamientos, palabras y obras, quiénes somos.

Cuál es nuestra identidad y misión que Dios Padre nos da en Cristo y con la gracia y el sello del Espíritu Santo. Con el ejemplo claro y directo de San Juan Bautista.

¿Qué decimos de nosotros mismos acerca de nuestra identidad cristiana?

Esta pregunta requiere una respuesta que muestre nuestra identidad cristiana y al mismo tiempo nuestra misión en el mundo actual. Precisaremos algunos rasgos o características de nuestra identidad, imitando el ejemplo de Juan el Bautista.
+  Saberse  amados por Dios y con este amor, amar a nuestros hermanos sin acepción de personas y clase social.
+  Somos testigos de la luz de Cristo, porque a partir de nuestro bautismo somos heraldos gozosos de esta luz que es gracia y sabiduría divinas.
+  Somos voz que grita a todos los hombres: “Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo te ama” y con la fuerza de este amor, enderecemos nuestro camino.
+  Estamos convencidos firmemente de que Jesucristo es el “Emanuel”, Dios en medio de nosotros y quien establece el verdadero amor fraterno en el seno de su Iglesia.
+  Debemos ser testigos de la luz de Cristo con su evangelio y comunicadores de firmísima esperanza para el tiempo y la eternidad hacia dónde vamos caminando cada día.
+  Somos los que queremos diariamente adherirnos a Jesús y entonces poder decir a nuestros hermanos: “He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, quien establece la civilización del amor a pesar de los odios, divisiones, guerras y crímenes y con Cristo, Príncipe de la paz, establecerla siempre entre los hombres, sin desmayar.
He aquí hermanos, algunas sugerencias prácticas, pidiendo a Cristo en este tiempo de espera, nos haga testigos misioneros de amor, esperanza alegre y comunión firme y fecunda en nuestras familias y nuestra convivencia social en el ámbito de nuestra patria mexicana…

Obispo emérito de Zacatecas