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Los viejones

Quitzé Fernández Bonilla
~
08 de Enero del 2018 14:32 hrs
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Liga Corta




Aquella noche conocí, al menos de lejos, a quien me dijeron era un Viejón. Un tipo duro: cincuenta años, cabello corto, bigote perfecto, traje italiano, guaruras del porte de Mario Almada acompañados de otros de corte militar que no hablaban español.

Fue en un table dance de Gómez Palacio, Durango, cruzábamos la frontera de Coahuila para seguir en la fiesta, o al menos tener la seguridad de que estábamos en una ciudad sin ley para así sentirnos amos del universo.

Era estudiante, en mis ratos libres (que eran muchos) trabajaba como reportero de la sección judicial. Durante las noches frecuentaba los bares de Torreón y Gómez en busca de aventuras, esperaba que de alguna manera algo pasara, detonara en algo fantástico y pudiera plasmarlo por escrito.

Siempre sucedió, sólo que en ese entonces no me daba cuenta: el mundo no era tan cruel como el de ahora; estaba en territorio donde Arturo González Hernández, El Chaky, lugarteniente de Amado Carrillo Fuentes pisó por última vez, creando cercos de protección y corrompiendo autoridades. Dicen que el viejón que vi en más de una ocasión era su jefe.

A El Chaky se le atribuye el término Levantón, tan usado ahora. Su sello era la violencia. A sus víctimas les hundía una daga en el pecho o les daba un tiro en la cabeza con una pistola de cachas de oro y diamantes incrustados, nada que ver con los decapitados y mutilados de ahora.

Los meseros de aquel entonces discutían quién lo iba a atender, a todos los demás que estábamos en ese lugar nos ignoraron, cómo diciendo que nos fuéramos. Y no fue necesario, porque siempre ante el temor en una zona de riesgo lo más acertado es huir.

Tiempo después ese Viejón, según indagatorias de la Subprocuraduría Especializada en Delincuencia Organizada, cedió o vendió la plaza a un pistolero de los Hermanos Beltrán Leyva que finalmente cayó (como suelen caer todos los capos). Pero el Viejón en mención sigue ahí, gozando de poder y libertad para moverse en cualquier parte del país.

Ha habido indagatorias en su contra, señalamientos, pero nada comprobado. Si en el diccionario del hampa me pidieran una definición de la gente que controla bandas de narcotraficantes, definiría a un Capo como aquel hombre que mueve millones de pesos, un hombre extraído del pueblo más remoto de la sierra, de las filas del Ejército que ascendió de un simple matón, a jefe de sicarios y luego responsable de una organización criminal.

Y un Viejón sería ese hombre maduro, respetable, que se mueve con discreción por el país, incluso el extranjero. Ese que ya no se mancha las manos, con una doble cara ante la sociedad, con negocios, franquicias en ciudades, que aparece de vez en cuando en páginas sociales de periódicos importantes, o simplemente de alguien que se tiene conocimiento de su existencia, pero ningún rastro que nos lleve a él.