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Historias del kinder

Huberto Meléndez Martínez
~
16 de Enero del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Al maestro Elías Loyola Campos, por su desempeño docente ejemplar y motivador

Existe una persona quien recientemente rebasó los 60 años de edad y en una conversación, relativa a experiencias educativas, recuerda a su maestra de Preescolar. 

Como todo niño que inicia la escuela, la idealiza y actualmente sigue expresándose en lenguaje de admiración y reconocimiento, pero la experiencia y la madurez hacen su parte, necesariamente emite un juicio. Invito a quien lea estas líneas, a enterase de una parte de esa historia.

“De la maestra Maricela, jovencita, de cabello castaño claro y peinada de permanente. No tengo mucho que decir, pues seguramente hacía bien su trabajo. Sólo hay una cosa que me pareció cruel, lo que un día nos hizo a la salida de clases. 

A ella le tocó la guardia, la cual consistía en estar a la entrada de la escuela para entregar a recibir a los padres (¡miento!: casi todas eran madres) que iban por sus hijos al término de las clases. 

Para mantenernos quietecitos hizo un hermoso avioncito de papel que planeaba excelentemente en ese espacio tan corto como lo era el ancho del portón de unos tres y medio metros. Dijo: éste se lo voy a dar a quien mejor se porte ahorita. Y lo lanzaba en ese espacio, daba dos o tres vueltas y aterrizaba suavemente. 

Algunos sabíamos hacer los que eran más fáciles: aviones de pico que requerían mucho espacio para lanzarlos, incluso yo había aprendido a hacer los de motor que requerían menos espacio, pero éste era una obra maestra al hacer varios círculos antes de llegar al piso. ¡Ni qué decir!, todos, incluidas las niñas nos quedamos sin mover más que los ojos, siguiendo las cabriolas del juguete. 

Yo, al ver que mis compañeros se marchaban, pensaba ojalá que no llegue mi mamá tan pronto. Sólo quedábamos dos niños y cuando vinieron por mí, la maestra arrugó el avioncito, lo hizo bolita y se lo metió en la bolsa del delantal. 

No sé qué haya pensado el niño que quedó en la banca, pero yo la odié. Gracias por esa lección de manipulación, maestra Maricela, y también de lo que no se debe hacer con el sentimiento y las expectativas de la gente”.

Con determinada frecuencia pensamos que las motivaciones por estudiar se generan dentro de las clases curriculares en las escuelas, tanto en el nivel elemental como en el nivel superior, pues al abordar las temáticas del programa de estudios se esperaría que alguna rama de la ciencia o de la cultura despierte el interés del educando. 

La realidad es que hay ocasiones en que eso sucede dentro del seno familiar, en el contexto social o incluso en el contexto escolar, pero no necesariamente en el ámbito del desarrollo de una clase formal.

Quien nos cuenta esta vivencia emite una opinión que podría ser cruel, pero dada la relevancia del caso, es entendible por lo delicado y complejo de la función educativa.

*Director de educación básica federalizada huberto3@gmail.com