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El Día del Señor

Jesús profeta habla a los hombres con plena autoridad en la historia de la salvación

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
~
28 de Enero del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Con Cristo ha llegado la plenitud de los tiempos.
Cortesía / Con Cristo ha llegado la plenitud de los tiempos.

Nuestra homilía de este domingo, tiene como tema la enseñanza profética de Jesucristo en la plenitud de los tiempos mesiánicos. 

Su enseñanza se refiere al misterio del Reino de Dios, anunciado desde Moisés y los profetas del Antiguo testamento, cuyo profetismo culmina plenamente con la revelación de Cristo.

Y a este propósito, cito un texto clave de la carta a los Hebreos, que nos revela: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas, ahora en este momento final nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo” ( Heb 1, 1-2).

Cristo es la Palabra definitiva y absolutamente perfecta de Dios.  Con Él  ha llegado la plenitud de los tiempos y el esplendor de esta palabra brilla con toda su luz y autoridad que radican precisamente en la naturaleza divina que comparte con el Padre y con la sabiduría infinita del Espíritu Santo.

Con Cristo el Padre eterno nos ha dicho todo lo que él ha querido revelar y ya no es posible esperar otra revelación. La autoridad de Cristo salvador tiene la firmeza total e infinita de su ser divino y humano.

Con esta introducción, pasamos ya al cuerpo doctrinal de la presente homilía.

La autoridad que viene del “carisma” divino de Jesús

Acabamos de decir en la introducción de nuestra homilía, que el profetismo se ha desarrollado desde Moisés y luego a través de todos los profetas hasta llegar a Jesucristo, profeta de los profetas. 

Su palabra personal, enseña con absoluta autoridad propia (1ª. Lectura), y en cuyo nombre y misión que Él confiere a sus discípulos y apóstoles con el magisterio de la Iglesia, como prolongación del evangelio de Jesucristo hasta el final de los tiempos (2ª. Lectura).

La escena evangélica de hoy se desarrolla en la sinagoga de Cafarnaúm, y en ella distinguimos dos momentos: 
1º. El impacto que en la gente causa el estilo o modo de enseñar de Jesús.
2º. La curación milagrosa de un poseso endemoniado. Si al llegar la plenitud de los tiempos en los cuales vivimos,

Dios ya no habló por intermediaros, sino por su propio Hijo, esto tenía que notarse en la palabra de Jesús. 

Él no habla con autoridad vicaria, sino propia. Los profetas anteriores comenzaban sus revelaciones: “Esto dice el Señor”. En cambio, Jesús afirma: “Han oído que se dijo a los antiguos…, Yo les digo”.

Pero también, el Señor, tampoco hablaba como los rabinos (maestros), que comentaban las Sagradas Escrituras a base de citar autoridades y de casuística muy complicada, cargando fardos pesados sobre sus oyentes sin que ellos los cargaran. 

No, el estilo de enseñar de Jesucristo era más bien liberador; era el anuncio de una buena nueva para los sencillos y limpios de corazón.

Naturalmente la gente captó luego la diferencia que los entusiasmaba y por eso lo seguían ávidos de escucharlo, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad propia.

La autoridad propia de Jesús profeta, viene de su carisma como Persona divina y gracia total y no del poder que creían tener los escribas y fariseos. 

Hablando en términos meramente humanos, el poder se obtiene por ejemplo con los votos libres, secretos, personales e individuales que el pueblo delega en una forma de gobernar que es la democracia. Pero Jesús optó, por la autoridad que se consigue a pulso, se merece y se goza.

En este caso, tener autoridad supone tener carisma como capacidad divina y humana en el Hijo de Dios hecho hombre.

Éste es el punto fuerte de Jesús, quien por otra parte, había renunciado a todo poder meramente humano para sí mismo y los suyos, enseñándonos: “El que quiera ser el primero entre ustedes, que se haga el último y servidor de todos. Igual que el Hijo del hombre que no ha venido para que lo sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. (Mc 10, 44 y ss). 

Además, de suyo, el poder humano abre muchas puertas, llena muchos bolsillos, obliga, impone silencio, se atribuye carismas e incluso suplanta al Espíritu divino; pero, al fin de cuentas no sirve para ser mejores y más libres a las personas.

En cambio, el carisma de Jesús no se atribuye poderes, habla hasta con el silencio, libera a los hombres y transparenta al Espíritu de Dios.

Este fue el estilo de Cristo y debe ser el de los cristianos y la Iglesia que formamos todos los bautizados, confirmados y creyentes seguidores del Maestro, y con su elección ser profetas que participan de su profetismo como Hijo de Dios.

Conclusión

Hermanos: que las enseñanzas bíblicas de este domingo, nos hagan tomar conciencia, de que por los sacramentos del bautismo y la confirmación recibimos la participación del carisma profético de Jesús que nos hace fuertes a partir de nuestra fe, que proclamamos con pensamientos, palabras y obras de nuestro testimonio, sin miedos y respetos humanos, para la gloria de Dios y nuestra salvación temporal y eterna. ¡Que sí sea!

Obispo emérito de Zacatecas