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Emociones, tristeza y contagio
Antonio Sánchez González 09-02-2018 05:00 hrs

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Liga Corta




Al igual que el catarro y tal como sucede cuando una persona bosteza en medio de una reunión, las emociones son contagiosas. Más aún, según un estudio clínico de 2014, la felicidad es un estado que se puede transmitir: si uno no está contento y luego, por alguna razón, se siente feliz -por lo que sea, como una nueva relación amorosa-, los amigos cercanos que vivan a menos de dos kilómetros tienen un 25% más de posibilidades de sentirse felices simultáneamente.

Por otro lado, los investigadores han descubierto que los estudiantes universitarios que comparten habitaciones con compañeros deprimidos corren un mayor riesgo de “contagiarse” sus modos de pensamiento.

Y se ha demostrado que simplemente ver a alguien actuando manifestaciones de tristeza o preocupación, incluso siendo un extraño, puede elevar los propios niveles de cortisol (una hormona que se dispara en situaciones de estrés).

Desde un punto de vista evolutivo, lo antes descrito no debería ser sorprendente. Después de todo, si una persona dentro del propio campo visual está haciendo gestos como si una tribu merodeadora estuviera a punto de atacarte por la espalda, probablemente sea porque quizá sea cierto, en cuyo caso estar repentinamente nervioso podría ayudar a salvar la vida.

En estos días, cuando las tribus malhechoras generalmente no son un riesgo inminente, la ansiedad no es muy útil. Lamentablemente, los sentimientos siguen siendo contagiosos.

Un antiguo texto médico reza que “la ansiedad es conductiva, como la electricidad, y quiere viajar de una persona a otra. Una vez que un paciente se pone ansioso, su objetivo principal es volver ansioso al médico, a su familia y a todo el que lo rodea, porque eso justifica su propia ansiedad”.

El otro gran peligro cuando se trata de preocupación y ansiedad es que, a diferencia de otras emociones negativas, hacia el interior parecerían ser productivas; masticar, rumiar un problema se siente como hacer algo al respecto. Y entonces nos gustaría que otros compartan nuestra preocupación: de esa manera, varias personas estarán “trabajando” en el problema.

El enganche, por supuesto, es que la preocupación no es realmente productiva: por lo general, es una distracción y conduce a soluciones de menor calidad. Alan Watts, el filósofo inglés de la mitad del siglo XX, hizo ensayos acerca de este asunto en 1951: irónicamente, lo que causa nuestros sentimientos de inseguridad es la búsqueda desesperada de sentirse seguros.

Preocuparse es una práctica que pretende alcanzar un estado de serenidad a partir, precisamente, de la consciencia de que se está en una actividad que garantiza que nunca llegarás allí. Así que apenas te involucras y estás ayudando a otra persona ansiosa a caer en un rotundo círculo vicioso.

Imagínese que se corta la mitad de un dedo con el cuchillo al tratar de partir un panecillo. Llega el susto. Lo envuelve todo. Va a la sala de emergencia. ¿Quieres que su médico grite cuando lo vea o lo mire y muy tranquilamente diga: “vamos arreglando eso”? Sentir el dolor de los demás suena como algo compasivo, pero a menudo es contraproducente.

También puede llevar a una mala toma de decisiones: por ejemplo, en el extremo, es más fácil empatizar con personas que se parecen a nosotros, así que terminamos sintiendo empatía en un sentido que puede considerarse racista.

Lo verdaderamente compasivo, es, pues, desde el punto de vista del médico ser “un doctor tranquilo”, lo que ayuda a mantener los propios niveles de preocupación bajo control.

Hay suficientes preocupaciones en el mundo propio como para enloquecer. No hay necesidad de husmear más.