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El Día del Señor

Jesús, ante el misterio de la enfermedad y de la muerte

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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12 de Febrero del 2018 10:49 hrs
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Liga Corta




El temor de dios hace al humano más agradecido con lo que tiene.
Cortesía / El temor de dios hace al humano más agradecido con lo que tiene.

 

En el concierto del universo material que nos envuelve y abarca, venimos a este mundo dentro de una cadena de generaciones incontables y haciendo historia con la visión que Dios tiene de su creación y los millones de maneras con las cuales se va desarrollando. 
Dios es fuente inagotable del ser de todas las cosas del cielo y de la tierra; de las visibles e invisibles, de las materiales y de las espirituales. Todo lo ha creado con derroche de sabiduría, orden, belleza y omnipotencia. 
Los hombres creados a “su imagen y semejanza”, como seres libres, inteligentes, con la capacidad que Él nos ha dado, bajo su dominio y poder sin límites, nos ha constituido colaboradores de su creación, acrecentando el orden, el esplendor y hermosura del mundo en el cual nos ha colocado, como la casa para todos y cada uno, con el fin de que todos los hombres de todas las razas, pueblos y naciones, con sus idiomas y culturas tan ricas en bienes para nuestros cuerpos y nuestras almas y para que actuando como hijos de un mismo Padre, que es Él, podamos realizar nuestra existencia individual y comunitaria… y todo esto para responder a nuestra vocación particular, familiar, social y dentro de la armonía de toda la creación. 
Podemos sintetizar esta descripción maravillosa, de Dios y sus creaturas, en las famosas palabras del salmista: “¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Salmo 8, 1).
Si Dios es tan bueno y nos ha creado para que tengamos vida ¿Porqué pues, existen las penas, los sufrimientos, las enfermedades y la misma muerte?

Jesús, ante el misterio de la enfermedad, penas y muerte

Las lecturas de este domingo, si con atención de fe consiente las escuchamos y tratamos  asimilar sus enseñanzas, estamos en posibilidad para captar que el Padre eterno con la gracia del Espíritu Santo, ha enviado  su Hijo hecho hombre al mundo, para revelarnos el misterio de su sabiduría y amor por todas sus creaturas.
Especialmente  los hombres, con los cuales ha querido hacerse en todo igual a nosotros, fuera del pecado, para sanar nuestra naturaleza, precisamente herida por el pecado y bajo las instigaciones del maligno. 
Él es el Emmanuel, Dios con nosotros, para devolvernos la integridad perdida, hacernos hijos de su Padre, morada santa del Espíritu Santo y miembros de su cuerpo místico, que es la Iglesia como convocación de todos los hombres de la historia, con sus razas y modos de vivir en los pueblos y naciones del orbe; de esta manera entramos a formar parte de su Reino de justicia, fraternidad, servicio y amor, hasta alcanzar la integridad del paraíso en la casa de Dios, uno y trino.
El evangelio y la primera lectura del Levítico, nos refieren de qué manera Jesús curó a un leproso apartado de su comunidad, por el peligro de la lepra, enfermedad  incurable y contagiosa en el tiempo de Cristo.
Para prevenir y evitar contagios los leprosos eran apartados de su comunidad y familias y por ley eran condenados a vivir en soledad y muchas veces en compañía de otros leprosos. Nadie podía convivir con ellos, menos tocarlos, pues contaminaban por la misma lepra y por prevención como obligación de la ley, era muy dura la manera y condición de vivir de los pobres y miserables enfermos.
Cuando el leproso del evangelio pide postrado ante Él de rodillas y suplicante a Jesús que lo cure, se mostró con él compasivo y misericordioso. Jesús tenía un poder impregnado de humanismo. Tenía un corazón para los dolientes.
El contacto cercano y personal, era especialmente importante. Y los milagros no sucedían, de ordinario, a distancia. A través de su enfermedad, llegaban los enfermos a una experiencia directa de Jesús y mediante ella a experimentar su amor, cercanía y poder como Dios y como hombre.
Los que eran curados milagrosamente, quedaban llenos de gratitud y querían seguirlo a donde quiera que fuera. Pero Él les pedía se integraran de nuevo a sus familias y comunidades y que se presentaran ante los sacerdotes para que constara su curación y permitirles convivir otra vez en sus familias y comunidades.

Nuestra actitud ante Jesús, en medio de enfermedades y peligros de muerte

Ya dice el dicho muy popular, que “Para morir nacimos”, pero la revelación divina que Dios ha hecho por medio de su Hijo Jesucristo, nos revela que después de esta vida, Él nos ofrece la definitiva y trascendente en el cielo y para toda la eternidad. 

Esta es la verdadera meta de nuestra vida en la tierra con sus luces y sombras; con sus alegrías y sufrimientos. Estamos hechos como vasijas de barro, que reciben del poder divino, la misericordia, la reconstrucción personal y comunitaria. 
Vamos en pos del cielo y tierra nuevos, en donde reinará la paz, la verdadera comunión fraterna y la realización plena, dentro del Reino de Dios llegado a su perfecta plenitud. Pero configurándonos con Jesucristo, ya desde esta tierra y como plataforma de lanzamiento hasta el cielo, debemos hacer vida su evangelio, como discípulos suyos y misioneros de paz, servicio y amor entrañable y sin recortes.

Conclusión

Para lograr la salvación que Dios nos ofrece y hace participar por medio de su Hijo Jesucristo, según su voluntad, pidamos de rodillas al Señor, que cure y alivie nuestras enfermedades y sufrimientos para que con su gracia de amor y misericordia, hagamos su voluntad en el cielo como en la tierra y que nuestras vidas sean siempre un canto de adoración, acción de gracias, gratitud, de fe y amor incondicionales.