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El Recreo

¿Si hubiera pena de muerte?

J. Luis Medina Lizalde
~
22 de Febrero del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Conocí el rostro canalla de los tribunales mediáticos a mediados de los años setenta cuando preparaba mi tesis de licenciado en derecho sobre el papel de la pena de muerte en el combate al delito, cuando trascendió a nivel mundial que un joven de 22 años de apellido Ranucci fue ejecutado siendo inocente, y que esto se supo por la confesión del verdadero culpable mediante carta póstuma, pues el remordimiento lo empujó al suicidio.

El acontecimiento me marcó al grado tal que me sumergí en la búsqueda de todos los pormenores de la trágica historia hasta que cayó en mis manos el libro que por encargo del joven ejecutado escribiera su abogado defensor dónde queda claro que el aparato de justicia francesa supo a tiempo de la inocencia del joven pero que la opinión pública ardía de indignación contra el joven marino,  que para su infortunio fue hallado durmiendo la borrachera en un lugar donde yacía una niña de ocho años asesinada después de ser ultrajada. 

El propio joven  desató la tragedia cuando despertó rodeado de gente indignada  al exclamar “soy un chacal”, negándose a aceptar defensa,  convencido de que debía aceptar el castigo que la ley le impusiera. 

Pasadas semanas de diligencias procesales, pudo determinarse con certeza que a la hora que la niña fue  asesinada el joven se encontraba en otra ciudad bebiendo con un grupo de amigos y que era imposible que fuera el autor del asesinato,  la justicia lo supo a tiempo pero  se impuso el temor de que los exaltados ciudadanos franceses no lo creyeran,  también el cálculo electoral del curso y de esa manera los tribunales judiciales se doblegaron ante los poderosos tribunales mediáticos.

El hecho me marcó tan profundamente, que siendo yo portador de un lenguaje duro y confrontador en las luchas estudiantiles y populares en las que participaba por entonces,  tomé la radical posición contra la pena de muerte que mantengo hasta hoy,  y contra el periodismo linchador,  que se hace con el hígado en vez de con la razón, que siembra  odio en vez de solidaridad,  que busca culpas y no causas a la hora de comunicar la realidad, que pisotea la presunción de inocencia y condena sin probar. 

La tragedia de Ranucci me hizo desterrar la injuria personal de mi lenguaje y  asumir como principio civilizatorio la presunción de inocencia. Entendí que no es lo mismo estar contra la idea de una persona que contra la persona misma.

Tomé conciencia del imperativo de no lastimar la vida privada de nadie y aprendí que reconocer públicamente errores de apreciación no me humilla, me reconcilia conmigo mismo. 

 Reafirme mi convicción   al conocer al  periodista admirable por su pulcritud ética, cultivada prosa y  juicio insobornable; Miguel Ángel Granados Chapa, autor de “Plaza Pública” la mejor columna política en toda la historia del periodismo mexicano en mi opinión no exenta de subjetividad por el trato que me dispensó.

Tribunales judiciales y mediáticos, iguales fallidos

El caso Ranuci muestra que  la sociedad que permite el tono linchador en su universo mediática es una sociedad en peligro de autodestrucción. 

En el México del 2018 el odio se respira en  charlas privadas, en  declaraciones de políticos irreflexivos, en  juicios lapidarios de columnistas de “moral relajada”,  en comentaristas indiferentes a los efectos de sus palabras, hoy, si damos crédito a todo lo que se dice de todos “no hay a quien irle” como dice la amarga frase de los sin esperanza.

Tenemos una desventaja frente a la Francia de Ranuci, sus tribunales tienen deficiencias, se equivocan y  albergan  manzanas podridas, pero en México la disfuncionalidad de la justicia penal alcanza dimensiones de catástrofe. Según la ONU en nuestro país la tortura es cotidiana, desde el poder se fabrican delitos para deshacerse de enemigos políticos, se extravían expedientes,  los aspirantes a jueces son sorprendidos comprando las respuestas de los exámenes, hay policías que usan sus patrullas para secuestrar.

Indistinguibles a simple vista

También hay que decirlo, hay muchos jueces y policías con desempeño ético, lo difícil  es distinguir  buenos de  malos cuando portan el mismo uniforme,  lo mismo  con los hombres públicos, acusados de delitos ¿Cómo saber si son exonerados por ser inocentes o por corromper la justicia?

¿Cómo distinguir al periodista valioso del tóxico linchador? Si en los  juzgados por las leyes hay inocentes sentenciados como culpables y culpables declarados inocentes, imagine el lector la dificultad para saber si son inocentes o culpables  los  condenados por tribunos mediáticos. 

Pensar antes de odiar, indagar la verdad detrás del engaño, en legítima defensa recibir críticamente  el mensaje de  los medios.

¿Se  imagina usted  que sería de nosotros con  pena de muerte?

Nos encontramos el lunes en el Recreo