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Transporte público clasista

Juan Carlos Ramos León
~
09 de Abril del 2018 15:44 hrs
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Liga Corta




Por estos días llegó hasta a mí un video en el que un joven de origen francés, maestro de idiomas, se queja amargamente de estarse quedando sin trabajo porque a sus alumnos les ‘salía ya muy caro el Uber’ para acudir hasta su domicilio a recibir las clases.

Algunos segmentos del video resultan cómicos, parte por escuchar a alguien decir palabrotas con acento francés, parte por las exageraciones de las que se vale para darle mayor peso al sentido de su mensaje, pero lo cierto es que éste aborda una gran verdad: el asunto del transporte en México es una cuestión clasista.

En su idiosincrasia, el mexicano considera que no tener un coche es sinónimo de fracaso total. Así se trate de una lata oxidada con motor que echa más humo que boiler con leña verde, con que tenga eso, cuatro llantas y un volante ya constituye un patrimonio digno.

A nuestro amigo francés no le entra en la cabeza el por qué a sus alumnos “fresas” -como él mismo los llama- les puede tanto tomar un autobús para acudir a una clase de idiomas. Y es que el pensamiento primermundista de la cultura europea es bien distinto al nuestro.

Tal vez por eso el transporte público en Europa, por ejemplo, es bien eficiente: resulta fácil, rápido, cómodo y, además, muy económico llegar casi a todas partes. Y, honestamente, no creo que el costo de propiedad de un vehículo particular en aquellas latitudes resulte más alto que aquí: seguro, mantenimiento, combustibles, estacionamientos y, bueno, hasta esos necios y absurdos impuestos a la tenencia vehicular, yo sigo insistiendo en que se trata de un aspecto cultural en el que los mexicanos tenemos una gran área de oportunidad.

Y no estoy diciendo, que conste, que quien tenga las posibilidades de adquirir un vehículo automotor propio deje de hacerlo, por supuesto, pero sí estoy convencido en que todos deberíamos de pugnar por lograr mejores condiciones en el transporte público a fin de reducir la circulación diaria de automóviles: contaminaríamos menos, viviríamos menos estresados y tendríamos más dinero para otras cosas que para mantener esa lujosa exigencia de nuestra idiosincrasia.