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El Día del Señor

Cristo vid y nosotros sus sarmientos

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
~
29 de Abril del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




En el Antiguo Testamento, la vid es el pueblo de Israel.
Cortesía / En el Antiguo Testamento, la vid es el pueblo de Israel.

Estamos celebrando el quinto Domingo de Pascua y el tema de nuestra homilía es: Jesucristo es Vid y sus discípulos y seguidores somos los sarmientos. 

El evangelio de San Juan nos presenta esta parábola o comparación, para que con el simbolismo de la vid, entendamos, captemos y asimilemos, el significado de comunión de vida con Cristo y con los hermanos.

Se trata de una verdadera comunión fraterna mediante la fe y el amor. Efectivamente, unidos a Jesús, por el Espíritu Santo, que nos ha dado con nuestro bautismo, habremos de producir fruto abundante, si guardamos el mandamiento de Dios: creer en Jesús y amarnos unos a otros (2ª. Lect.).

Es, en el plan de Dios para salvarnos, realizar en nuestras vidas, lo que afirma la parábola de la vid: la necesidad de permanecer   unidos íntima y estrechamente con Cristo y de esta manera dar fruto abundante de buenas obras para la gloria y alabanza de Dios, para quien definitivamente somos, nos movemos y existimos.

Estar unidos con Cristo vid, dando fruto abundante

Jesús dice: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí, nada pueden hacer”. 

Estas palabras de Cristo las debemos hacer resaltar en el contexto de la enseñanza de la vid, y desde el Antiguo Testamento y luego en el Nuevo.

En el Antiguo Testamento, la vid es el pueblo de Israel; en el evangelio de Juan, es Jesús, quien no es sólo la cepa sino la vid entera, que sustenta y mantiene unidos los sarmientos, que somos todos nosotros.

Apuntamos aquí dos ideas básicas que se repiten en el texto de San Juan que estamos considerando: permanecer en Cristo y dar mucho fruto.

Para dar gloria al Padre por Cristo, es indispensable estar unidos al tronco de la vid: Jesucristo y es absolutamente necesario estar unidos a Él y dar fruto para la gloria del Padre con la fecundidad que el Espíritu Santo nos da desde la recepción de nuestro bautismo que nos incorpora ahora y para siempre con Jesús y con todos los miembros de su Iglesia, como vid total y llena de vida que nos trasmite.

Lo anterior, nos puede hacer comprender, que necesariamente para vivir fecundamente y dar fruto, siempre y continuamente debemos alimentarnos con la savia de la vid: Cristo.

Quien nos ha dado su preciosa sangre en su pasión y al entregarse por nosotros hasta la muerte al morir en el ara de la cruz.

Solamente en contacto vital con Jesucristo, tenemos vida y fuerza interior, capacidad y aguante para trasformar la dura realidad y vencer al mal dentro y fuera de nosotros; incluso combatiendo contra las insidias del maligno, quien como león rugiente ronda a nuestro alrededor para hacernos caer en el pecado y en la muerte de nuestras almas.

Con esto, entendamos y vivamos comprometidos, al reflexionar y asimilar espiritualmente las palabras de Cristo, quien nos dice: “Sin mí, nada pueden hacer”. Y por esto San Pablo afirmó: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” y  “mi vivir es Jesucristo, vivo más no yo, es Cristo el que vive en mí”.

Esto es posible en el orden de la gracia divina al recibir su sangre como la savia fecunda de su tronco, abierto en su costado por la lanza de un soldado, antes de morir por amor divino y humano pendiente de la cruz para luego resucitar de entre los muertos y darnos vida eterna.

Fructificar evangélicamente

En definitiva: ¿Qué es fructificar evangélicamente, sino creer en Jesucristo y amar a los hermanos como Él nos ha amado?.

Es necesario unir la fe y las obras, como se funden en nuestra Eucaristía: el fruto de la vid, el trabajo del hombre y el servicio de los cristianos a favor del Reino de Dios (la Iglesia). 

Por esto afirma el apóstol San Juan. “No amemos de palabra y de boca, sino con obras y de verdad”.

Pues de nada nos sirve una fe estéril y muerta por falta de compromiso y ejercicio. Porque obras son amores y no buenas razones.

Conclusión

¡Pidamos y busquemos una fe viva mediante el contacto vital con Jesucristo: en la oración continua, en la escucha de su palabra, en los sacramentos, especialmente la Eucaristía y en el amor a los hermanos sin acepción de personas. Porque la fe y el amor han de configurar nuestra vida personal y de la comunidad cristiana, nacida de la pascua del Señor resucitado!