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El Día del Señor

Dios es amor y los hombres, receptores y difusores de él

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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06 de Mayo del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




El hombre es el reflejo de Dios y de su apego a él.
Cortesía / El hombre es el reflejo de Dios y de su apego a él.

La liturgia de la Palabra de este domingo es continuidad de la temática del domingo anterior.

Hablábamos de que Cristo es la vid y nosotros sus sarmientos, quienes al estar unidos permanentemente al tronco de la vid podemos dar fruto. 

Hoy se agrega el Amor. El evangelio y la segunda lectura de este domingo, responden a la pregunta que brota espontánea desde el fondo de nuestras almas y nuestros corazones: ¿Cómo mantenerse unidos a Cristo para dar fruto?.

La respuesta nos la da la misma Sagrada Escritura: Permaneciendo en su Amor, es decir, guardando sus mandamientos, especialmente el del amor fraterno. Porque amar es conocer a Dios que es Amor.

Cristo con el precepto de su amor nos da también su alegría, capacidad para obedecer y su amistad
Lo anterior lo precisamos, cuando el Señor nos dice. “Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a su plenitud… ustedes son mis discípulos, si hacen lo que yo les mando”.

La unión del amor, la amistad y la obediencia crean efectivamente, alegría gozosa.

En los días que vivimos, nos es muy urgente tener alegría en lo personal y en el entorno comunitario: familia, trabajo y sociedad con sus luces y sombras; con sus aciertos y desaciertos.

En los ambientes en muchos lugares de nuestra patria y en el mundo, a través de los medios de comunicación social y la propia experiencia de cada día, tenemos la impresión, que muchas gentes no son muy felices de verdad y que falta seguridad ante tantos crímenes y tropelías que experimentamos diariamente.

En el ambiente de nuestros pueblos y grandes ciudades, con toda la complejidad de relaciones humanas; trabajos que absorben a los hombres y mujeres con la carga de la movilidad para ir con puntualidad a los centros de trabajo, se manifiestan: el agotamiento, las tensiones.

El vacío interior y la dispersión con tantas comunicaciones y noticias que cubren casi todo el día nuestra atención; mucha inmadurez y superficialidad.

Temores por la inseguridad y peligros de toda clase…todo esto puede disminuir nuestra capacidad de entrega y ayuda a los demás, especialmente los más necesitados. 

En muchos ambientes familiares y de convivencia social, se nota en definitiva la ausencia del amor, la comprensión y el interés por los prójimos. 

Se ha desarrollado el individualismo y falta el diálogo entre padres e hijos; entre amigos y en general en el mundo del trabajo y las diversiones.

Cristo para todos y cada uno debe ser fuente de comprensión, generosidad, entrega y servicio, de manera particular, para con los niños, adolescentes y jóvenes.

Para con los ancianos y enfermos. Por esto y mucho más, el Señor nos da el precepto esencial: ámense unos a otros como yo los he amado y en esto los reconocerán como auténticos discípulos míos.

Porque el que no ama con palabras, actitudes y entrega, no puede ser discípulo de Jesús.

Amor con sacrificio y desprendimiento de sí mismo

Este amor debe caracterizar el modo de ser e identidad de todo aquel que pretenda ser seguidor, testigo y proclamador del evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. 

Quiero poner un ejemplo de este amor vivido hasta el extremo con el sacrificio total de la vida. Es el amor de Jesús en el corazón del verdadero discípulo, como el de tantos santos, especialmente uno de ellos canonizado el 10 de octubre de 1982: San Maximiliano Kolbe.

En el campo nazi de Auschwitz se había escapado un preso del Bloque 14. 

Todos los prisioneros del mismo fueron uniformados para ser diezmados; die habrían de morir por el preso fugado. Al caer la suerte a un compañero polaco, padre de familia, Kolbe se ofreció voluntario y murió por él (15 de agosto de 1941).

Ni más ni menos que Jesucristo en el ara de la cruz.

Conclusión

Para terminar nuestra homilía de este domingo, pidamos al Señor una buena dosis de alegría pascual, nacida del verdadero amor a Dios y a los hermanos. 

¡La necesitamos tanto! Un gozo con Jesús resucitado, que de ninguna manera estará exento del sacrificio que expresa la eucaristía que celebramos, pero llena de consuelo y esperanza, ya de antemano como u anticipo del gozo final e imperecedero del cielo con Cristo, María y todos los Santos.

*Obispo emérito de Zacatecas