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El Día del Señor
Solemnidad de la ascensión del Señor
Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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13 de Mayo del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Cortesía / Todo acto realizado por la Iglesia Católica es solemne.

Está ya muy avanzada la cincuentena pascual y en ella hemos venido celebrando los grandes acontecimientos de la vida, presencia y acción salvadora de Jesucristo, enviado por el Padre eterno a la tierra para realizar el misterio y plan de salvación para todos los hombres.

Llamados a participar la vida divina, transformando la existencia de todos y cada uno, a imagen y semejanza del Hijo de Dios hecho hombre y bajo la acción poderosa del Espíritu Santo.

La solemnidad de la Ascensión de Cristo ocupa este domingo séptimo del tiempo de pascua, no como un hecho aislado, sino dentro de la Resurrección de Jesús, después de su muerte y con miras al hecho de Pentecostés como envío del Espíritu Santo para llevar a plenitud el designio salvador y redentor del Padre eterno.

Efectivamente y de hecho, las tres celebraciones litúrgicas: resurrección, ascensión y pentecostés, aunque en la intención pedagógica de la Iglesia se distingan conceptualmente y estén separadas en el tiempo.

No son sino acentos de enseñanza de nuestra fe que la Iglesia evangelizadora, nos ofrece para captar lo más adecuadamente posible y asimilar espiritualmente, el único misterio pascual de Nuestro Señor Jesucristo.

Envío y mandato misionero

El mensaje que hoy captamos del evangelio de San Marcos, correspondiente a este año litúrgico, pone de relieve la misión evangelizadora de la Iglesia y de todos los cristianos a partir del bautismo que nos consagra para ser testigos y proclamadores del evangelio de Jesús: la buena nueva del Reino de Dios. 

Cuando Jesús resucitado se apareció a los once apóstoles les dijo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura.

El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. Éstos son los milagros que acompañarán a los que hayan creído: arrojarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos quedarán sanos”.

Y luego, la narrativa evangélica de San Marcos, termina comunicando: “El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios.

Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían”.

La misión evangelizadora que Cristo trasmite a sus apóstoles, es decir, a toda la Iglesia, es universal y no limitada al pueblo judío, es permanente y constante a través de los siglos y hasta que se complete el número de los elegidos, que verdaderamente crean en Dios y en su obra magnífica de salvación para el tiempo y para la vida eterna.

Esta evangelización es la vocación propia de la comunidad cristiana y de sus miembros. Mediante el anuncio infatigable del Reino de Dios, los discípulos de Jesús hemos de proclamar su salvación liberadora, confirmando además el anuncio del Reino con el testimonio de los signos.  

Por mandato de Cristo, la iglesia evangeliza con el anuncio y el testimonio

Cristo ya no está físicamente entre los hombres de las diversas generaciones que van formando la Iglesia. 

Ahora por medio de esta Iglesia, prolongación de Cristo resucitado en la historia de salvación, la palabra salvadora de Dios: se evangeliza, se trasmite por dos formas fundamentales y siempre complementarias: el anuncio directo y la autenticidad del testimonio con los signos que avalan la evangelización para ser creíble entre los hombres de cada tiempo y lugar.

A).- El anuncio directo del evangelio:Este anuncio ha de realizarse con todos los medios posibles apoyándonos en la gracia divina del envío: palabra (evangelización kerigmática, homilía y catequesis), liturgia, medios de comunicación social (prensa, radio, televisión, internet, etc), literatura, artes, fiesta y convivencias eclesiales.

Nuestro anuncio evangélico ha de ser fiel y valiente. Este anuncio es sobre todo amor bajo el aliento del Espíritu de Dios, que es ante todo libertad para enseñarnos siempre que los dones de Dios se han de recibir y aceptar en y con la libertad de los hijos de Dios.

Dios ha respetado, respeta y respetará la libertad humana. Él no quiere amores a la fuerza. Más bien su amor es como un imán que atrae, despierta amor y entrega con felicidad e inmensa gratitud: en las familias y en las sociedades, educación y cultura, trabajo, economía y el quehacer político para el bien común de los pueblos en la verdad, la justicia y la fraternidad.

B).-El testimonio y los signos de liberación: Es imprescindible y necesario que el anuncio del Reino con la palabra esté siempre avalado y acompañado con el testimonio coherente y auténtico, como lo ha hecho Jesús, cuando decía: “Si no creen a mis palabras, crean a mis obras, ellas dan testimonio de la verdad que anuncio”.

El dicho popular afirma: “Obras son amores y no buenas razones”. Por esto, los signos que dan fuerza y valor a nuestro testimonio evangélico, se realiza con las obras de amor y misericordia espirituales y corporales.

Conclusión

Como resumen y síntesis de todo lo que hemos dicho en mi homilía, cito el texto de San Lucas en el cual al narrarnos que Jesús en la sinagoga de Nazaret, tomó las escrituras para leer y comentarlas, se encontró con el texto del profeta Isaías como cumplimiento cabal en Él.

“El Espíritu del Señor está sobre mí porque Él me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres.

Para anunciar a los cautivos la liberación y dar la vista a los ciegos; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor” (Lc. 4, 18-19). ¡Pidamos a Dios, se cumplan también en nosotros estas palabras proféticas y colaboremos a llevar adelante la buena nueva del Reino de Dios en nuestras vidas y por tanto, en nuestros días!

*Obispo emérito de Zacatecas