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El Día del Señor

La realidad del reino de Dios

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
~
17 de Junio del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Podemos hacer de la tierra un reino de Dios en vida.
Cortesía / Podemos hacer de la tierra un reino de Dios en vida.

Hermanos (as): Los domingos como “Día del Señor”, constituyen el núcleo central de toda nuestra vida como discípulos y misioneros de Jesucristo, en quien creemos como nuestra vida y salvación en el tiempo de nuestro peregrinar por este mundo; en el espacio y el tiempo de nuestra historia abierta a Dios, autor de nuestras vidas y quien, por Cristo y su Espíritu, nos han llamado a la existencia abierta al misterio de la vida eterna.

Citando un canto popular que dice: “Somos los peregrinos que vamos hacia el cielo, la fe nos ilumina y nos dice que nuestro destino final no se haya aquí” sino en el corazón de la vida eterna con Dios y todos sus santos, ciudadanos del cielo.

Y es lo que la Iglesia nos ha enseñado siempre: “Dios nos ha creado con el fin de conocerlo, amarlo, guardar sus mandamientos y después de esta vida ser con él felices y todos sus santos en el cielo”.

Los domingos nos ofrecen ir creciendo en nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor al mismo Dios y a nuestros prójimos.

En estos días que deben ser muy importantes en nuestra existencia como cristianos, la Iglesia, prolongación de Cristo entre los hombres y para nuestra salvación temporal y eterna, nos va enseñando doctrinalmente, espiritual y litúrgicamente, lo referente a los contenidos de nuestra fe, su vivencia y el compromiso que de esto debe hacerse una realidad viva y operante.

Con esta introducción, hoy consideramos el misterio del “Reino de Dios” anunciado ya en el Antiguo Testamento, como adelanto y figura de la realidad de este Reino, en el Nuevo Testamento con Jesucristo, quien al anunciar el evangelio lo manifiesta y lo llama hacia su plenitud terrestre y celeste, con su poder divino y humano.

El reino de Dios, la verdad del tema

“El Reino de Dios está cerca”; tal es el objeto primero de la predicación de Juan Bautista y de Jesús (Mt 3, 1; 4, 17), que continúan lo que a este tema se refiere ya presente en el Antiguo Testamento.

Para saber en qué consiste esta realidad misteriosa que Jesús vino a instaurar con su persona y obra de salvación, es muy necesario y conveniente, ir conociendo poco a poco: su naturaleza y sus exigencias para quienes estamos llamados a participar como súbditos y miembros de este Reino que Dios nos ofrece, amorosa y gratuitamente, llamándonos para conocerlo y amarlo hasta alcanzar su plenitud en nuestras vidas personales y comunitarias.

En este domingo teniendo en cuenta el texto evangélico de San Marcos, la Iglesia nos presenta una enseñanza breve y concisa a través de parábolas o comparaciones muy sencillas y entendibles, para ir creciendo en nuestra fe iluminada y viva en obras, acerca del Reino de Dios.

Este texto que ahora consideramos para asimilarlo espiritual y litúrgicamente, contiene tres secciones: La primera sección contiene 1ª. Parábola de la semilla que se siembra y que crece por sí sola. 2ª. La parábola del grano de mostaza pequeño en su principio, pero grande y como árbol frondoso en su desarrollo admirable y 3ª.

Conclusión sobre las parábolas o comparaciones que Jesús utiliza para ir explicando poco a poco la realidad del Reino de Dios oculto y misterioso, pero que se va manifestando de menos a más. 

Con el Reinado de Dios acaece igual que con las semillas: no se manifiestan en su plenitud de repente, sino poco a poco, sin violencia y a partir de comienzos humildes.

Efectivamente, el Reino de Dios es una realidad oculta e imperceptible en su origen y desarrollo, tan lento que como las plantas, nuestros ojos no pueden verlo, ni nuestro oído percibirlo en el tiempo en el cual se está produciendo.

Pero poco a poco, en el espacio y el tiempo podemos verificar su crecimiento como nos pasa con los niños, con las macetas de nuestros patios o con los árboles en los jardines y bosques.

Por lo anterior, la manifestación plena del Reino de Dios se pondrá en evidencia con toda su fuerza en la etapa final del mismo.

Pero con fe segura vamos captando este Reino de amor fraterno, solidaridad sin fronteras, vida que Dios nos ofrece más allá de todo cálculo humano.

Reino de paz, servicio incondicional y generoso. Reino que con la palabra de Dios se va introduciendo en nuestras almas, conciencias y testimonio coherente.

Reino de gracia, verdad y luz en el ejercicio de nuestras obras de cada día. Reino que con su poder nos libra de los pecados y las insidias del demonio.

Reino de dolores y enfermedades que nos conducen en la fidelidad, generosidad y paciencia, a la quietud y gozo sin límites en el esplendor de su desarrollo final y eterno.

Reino de vida plena más allá de los sufrimientos y la misma muerte inevitable y dolorosa en su misterio como paso de este mundo a la gloria del Padre en su casa del cielo.

Conclusión exhortativa

¡Hermanos y hermanas: pidamos fervientemente a nuestro Padre del cielo, que con Cristo y su Espíritu Santo, respondamos a la vocación que desde que nacemos y con nuestro bautismo, vamos realizando con la fuerza incontenible del Reino humano y divino, presente, por voluntad del mismo Dios en la Iglesia que él ha fundado.

Que ante las pruebas amargas de la vida podamos captar y secundar la gracia divina, para poder estar como miembros y súbditos de este Reino en nuestra pascua terrena con cruz y muerte y sobre todo, cuando llenos de gloria, gozo sin fin y luz eterna de resurrección en la etapa final y definitiva del Reino celeste para toda la eternidad!

Obispo emérito de Zacatecas*