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El Día del Señor

El profetismo del Antiguo Testamento

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
~
08 de Julio del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Cristo era considerado profeta por su inspiración divina.
Cortesía / Cristo era considerado profeta por su inspiración divina.

Hermanos: Dios nos llama siempre para alimentar constantemente al participar en las eucaristías dominicales, nuestra fe con las enseñanzas de la revelación divina, acerca del misterio de nuestra salvación individual y comunitaria.

Somos, nos movemos y desplegamos nuestras vidas dentro del espacio y el tiempo, es decir en la historia de la salvación, teniendo como origen a Dios quien nos da la vida y la redención del pecado y la muerte que puede ser eterna.

Esta libración y salvación, Dios Padre la lleva a efecto por medio de su Hijo hecho hombre y con la acción benéfica e iluminativa del Espíritu Santo con sus dones, carismas y gracias.

Precisamente hoy, nuestra Iglesia nos propone los textos bíblicos que iluminan y dan sentido celebrativo, litúrgico y espiritual, a la presente celebración eucarística de este día, 14 Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B.

De estas lecturas que hemos proclamado, podemos formular el tema de nuestra homilía, que es el siguiente: “El profetismo del antiguo testamento, anuncio de la realidad y cumplimiento de Cristo profeta, en el nuevo testamento y en la plenitud de los tiempos mesiánicos”.

Con esta introducción, ya podemos pasar a la contemplación y asimilación de las verdades acerca del profetismo, absolutamente necesario para incorporarnos al plan de salvación revelado por Cristo profeta con el asentimiento de nuestra fe.

Cristo profeta en el Nuevo Testamento

Comenzamos esta parte de nuestra homilía recordando que en el desarrollo histórico e identidad del pueblo de Israel, tres instituciones que dieron identidad social y organizada de este pueblo, a saber: reyes o caudillos, sacerdotes y profetas. 

Los reyes y caudillos fueron los gobernantes que siempre debían procurar el bien común del pueblo de Israel. Recordemos tan solo a los grandes reyes Saúl, David y Salomón. Su nombramiento dependió de la voluntad de Dios.

Los Sacerdotes instituidos por Dios, debían enseñar y acrecentar la religión monoteísta. Es decir, la verdad del único Dios verdadero, quien fijó la religión con el culto, las enseñanzas de la ley divina que reveló a su pueblo con Moisés, jefe y conductor del pueblo hacia la tierra de promisión liberándolo de la esclavitud de Egipto.

La tribu de Leví fue designada y elegida por Dios para que se encargara de cuidar y promover el culto, la espiritualidad y enseñanzas de la ley mosaica a partir del templo como casa de Dios, dando unidad y consagración al pueblo para adorar, dar gracias, pedir dones y bendiciones en el peregrinar de este pueblo elegido por Dios para llamar y congregar a todos los pueblos bajo el poder y la revelación del plan divino de salvación temporal y de cara a la eternidad.

Por último, el profetismo que surge de la vocación que hombres elegidos exclusivamente por Dios, con la misión de revelar las verdades de la voluntad divina que el pueblo debía acatar y practicar.

Profetas que con sus oráculos debían corregir, amonestar al pueblo para ser fieles al único Dios verdadero por el camino de la verdad, el bien y el amor entre los hombres bajo la autoridad y voluntad de Dios y ser santos como él. 

Este profetismo ha sido el anuncio de la realidad de Cristo profeta en la plenitud de los tiempos.

Anuncio de la realidad

Cito un texto clave de la Carta pastoral a los Hebreos a nuestro propósito homilético que estamos desarrollando: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas, ahora en este momento final nos ha hablado por medio del Hijo (hecho hombre), a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo.

El Hijo que, siendo resplandor de la gloria del Padre e imagen perfecta de su ser, sostiene todas las cosas con su palabra poderosa y que, una vez realizada la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de Dios en las alturas y ha venido a ser mayor que los ángeles, cuanto más excelente es el título que ha heredado” (Hebr, 1, 1-4).

Este profetismo de Cristo, recoge toda la enseñanza de la ley y los profetas que lo anunciaron en el antiguo testamento, como etapa del profetismo ya no como figura y anuncio, sino como plenitud de la revelación definitiva que el Padre ha hecho por medio de su Hijo encarnado y con la energía de gracia y sabiduría del Espíritu Santo y aquí cito textualmente el evangélico de San Marcos de este domingo: (Leer Ev de San Marcos, 6. 1-6).

Conclusión

Los cristianos desde nuestro bautismo, estamos llamados por Dios para participar del profetismo de Jesucristo, traduciendo su evangelio y su aplicación en la vida de todos y cada uno.

Somos heraldos y proclamadores del evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, ante los pueblos de la tierra al formar parte de ellos con nuestra aportación profética con pensamientos, palabras y obras evangélicas.

Ser profetas que incentivan la justicia, la verdad, el bien y la paz para todos nuestros semejantes en el mundo de las relaciones humanas, la vida política como servicio y promoción del bien común en cada pueblo; promover la paz y la concordia en nuestras familias, instituciones y en las relaciones humanas de cada día y en cada época que nos toca vivir con sus luces y sus sombras, para aportar a todos la luz y brillantez de la palabra de Dios como evangelio y buena nueva del Reino de Dios!.

Pidamos a Cristo, quien verdaderamente con su elección y gracia, seamos los verdaderos profetas de su persona y su Reino de amor y comunión universales!

Obispo emérito de Zacatecas*