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El Día del Señor

Jesucristo es el alimento que nutre verdaderamente

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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19 de Agosto del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




La comunión es el sacramento de la Iglesia que significa un contacto directo con Jesucristo.
Cortesía / La comunión es el sacramento de la Iglesia que significa un contacto directo con Jesucristo.

En este domingo, continuamos teniendo como tema para alimentar nuestro conocimiento y amor por Cristo, la segunda parte del discurso del “Pan de Vida”, en el capítulo sexto del evangelista San Juan.

En el domingo anterior y en la primera sección de este discurso, en labios de Jesús acerca del pan de vida, vinculaba la vida eterna a la fe en él y ahora en esta segunda sección del discurso sobre el pan de vida, nos habla muy explícitamente sobre este pan, que es su cuerpo y su sangre, que son verdadera comida y bebida.

De hecho, fe y comunión, fe y sacramento, fe y eucaristía, se necesitan y se complementan mutuamente. En efecto, el cuerpo y la sangre de Cristo, es decir su misma persona, son fuente de vida eterna, ya desde este mundo y desde ahora, para quienes comulgan eucarística y sacramentalmente, si son recibidos con verdadera y absoluta fe viva.

Por esto, que estamos diciendo, es lo que expresamos en el seno de nuestras misas después de la consagración del pan y del vino: “Este es el sacramento de nuestra fe” y lo reafirmamos en el momento de la comunión sacramental: El cuerpo de Cristo. Amén”.

Jesucristo con su cuerpo y sangre establece comunidad en su Iglesia

Jesús constantemente nos invita a recibir el alimento de su alma, cuerpo y sangre unidos a su divinidad de Hijo de Dios hecho hombre.

Esta invitación ha tenido su anuncio y figura en el Antiguo Testamento, del cual en este domingo, la Iglesia nos presenta el texto muy famoso del libro de los Proverbios que nos dice: “La sabiduría se ha edificado una casa, ha preparado un banquete, ha mezclado el vino y puesto la mesa.

Ha enviado a sus criados para que, desde los puntos que dominan la ciudad, anuncien esto: “Si alguno es sencillo venga acá”. Y a los faltos de juicio les dice: Vengan a comer de mi pan y a beber del vino que he preparado. 

Dejen la ignorancia y vivirán: avancen por el camino de la prudencia”. Esta invitación llena de profunda sabiduría, ahora en el Nuevo Testamento con Cristo Mesías se hace realidad de generación en generación en una doble dimensión: vertical una y horizontal otra, que en seguida explico brevemente, como centro doctrinal y litúrgico de esta homilía.

Comunión vertical

Nuestra fe cristiana nos ilumina para entender y vivir, que comer el cuerpo del Señor y beber su sangre, a partir de Dios Padre que nos dona la vida, hemos de tener comunión primero con él.

Esta relación de comulgantes con Cristo en su eucaristía, nos eleva “verticalmente” hasta la presencia de Dios altísimo y desde él en esta dimensión descienden sus bendiciones y la vida que nos participa para que la tengamos cada vez más y en abundancia. Es lo que ya decía Jesús: “Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia”.

Comunión horizontal

Además, puesto que el cuerpo y la sangre de Cristo convocan, e instituyen la Iglesia como prolongación viva y operante en la historia, al formar la comunión.

Eclesial, presencia viva del Señor, se realiza la comunión horizontal de todos los hermanos con un solo Padre por el cual creemos y nos unimos en Cristo para hacernos hijos adoptivos suyos; hermanos de Cristo, el Primogénito entre muchos hermanos y desde luego morada santa del Espíritu Santo, quien nos hace miembros de un solo cuerpo eclesial que se desarrolla en fe, esperanza y amor a Dios y a los hermanos y nos llena de gracia para ser gratos a los ojos de Dios, Uno y Trino.

Conclusión exhortativa

La hago a partir de una enseñanza de Santo Tomás de Aquino, quien afirma: que la eucaristía es el signo y sacramento de la unidad eclesial. Y que esta unidad, Cristo eucarístico la fundamenta en su donación cuando en la Santa Misa, nos ofrece su Palabra y con ella su amor hecho comida y bebida de su cuerpo, de su sangre, alma y divinidad de Hijo de Dios, hecho hombre.

De toda esta doctrina que hemos ahora considerado en nuestra eucaristía de este domingo, es muy consecuente afirmar, que ojalá siempre todos los cristianos que participamos en nuestras eucaristías pudiésemos comulgar sacramentalmente siempre, para tener vida divina y humana en abundancia.

Debemos comprender y vivir que la participación plena en el santo sacrificio del altar, nos alimenta para ser auténticos y buenos cristianos alimentados siempre con el Pan de Vida, Cristo, con el cual y con su mandato, podemos capacitarnos para ser sus hermanos y discípulos, heraldos y testigos de su evangelio, ¿Dónde?: en las familias, en el mundo del trabajo, en las escuelas y universidades, en la cultura y la vida cívica, para que nuestro mundo sea más humano y por ello más y más cristiano… en el tiempo y abiertos a la vida eterna como premio a nuestros, trabajos y testimonio de nuestras vocaciones desarrolladas en la historia, camino hacia el cielo cuando toda nuestra vida en las dos dimensiones que hemos meditado: “vertical” y “horizontal”, sean las coordenadas de servicio a Dios y a los hermanos…

Obispo emértito de Zacatecas*