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Como concesión a su hijo

Antonio Sánchez González
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31 de Agosto del 2018 13:47 hrs
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Liga Corta




En noviembre de 1995, cuando tenía 27 años, conocí a un hombre de 98. Este señor, al que llamaré Félix, no era alguien que yo conociera. Era un sobreviviente de la revolución en las primeras etapas de la demencia y me llamaron para tratarlo.

Aunque mi experiencia era en medicina interna, entonces tenía corta práctica profesional. Me llamaron porque el hijo de Félix - lo llamaré Samuel –había subestimado seriamente la condición de su padre.

El error de Samuel era comprensible. La paradoja más obvia -y violenta- de la demencia es la incapacidad de la víctima para reconocerla, y Félix siguió su vida como si estuviera agobiada por los dolores normales del envejecimiento más que por una enfermedad irrevocable y debilitante. Si alguna vez puso el detergente de la ropa en el horno y olvidó dónde estaba el baño o la cocina solo sacudía la cabeza y suspiraba, “mi cabeza no trabaja”. Era un lamento, no un diagnóstico. Y esta negación, tanto clínica como profundamente humana, llevó a Samuel a juzgar mal la enfermedad.

Félix vivía en una casita de dos dormitorios en una calle arbolada, reminiscencia de sus años en Estados Unidos. Para un hombre que se acercaba al siglo, era increíblemente ágil. Era fuerte y correoso, con un apretón de mano firme, pero Félix exhibió en nuestra primera reunión todas las características distintivas de la demencia. Repetía las cosas, su mente vagaba e hizo las mismas preguntas una y otra vez. También insistió en que no necesitaba ayuda, que todavía iba a trabajar y que si alquilaba una habitación en su casa debería pagarle mes con mes. Más que cualquier otra cosa, él quiso que entendiera que él había aceptado venir al médico solamente como concesión a su hijo.

Cualquier duda sobre encargarme de la atención de Félix desapareció cuando entré en su casita. Los muebles muy comunes, cuadros enmarcados con paisajes sombríos, y cientos y cientos de libros. Era una casita fuera de tiempo. Más cuando me enteré de que Félix, al igual que mi abuelo, había sido maestro rural.

Pero también tenía otra razón. Después de haber estudiado la patología principalmente a través de la lente desapasionada de los libros, vi a Félix como una oportunidad para observar cómo una persona lucha por preservar su sentido del ser, incluso cuando una enfermedad neurológica le está erosionando. Aunque la investigación empírica – resonancias cerebrales o análisis de sangre – se acerca a la demencia como cualquier otra enfermedad fisiológica, ella misma puede distanciarnos inadvertidamente de lo que Oliver Sacks se refería como “el estado interno,” “la situación de la persona”.

A diferencia de las enfermedades que atacan el cuerpo, la demencia, al degradar la fisiología del cerebro, induce un estado alterado de la consciencia, una consciencia a la vez propia y ajena, tanto un espejo como una máscara.

La demencia, por supuesto, ha sido identificada, clasificada e incluso anatómicamente situada. Y porque hemos etiquetado la anomalía, describiéndola como algo esculpido en el cerebro, un viraje de la norma, un deterioro de la capacidad cognitiva, creemos que la entendemos. Soy internista y habiendo vivido la evolución de los pacientes con demencia, no estoy seguro de estar de acuerdo. Creo que algo permanece oculto, algo que no estamos dispuestos a ver, precisamente porque la demencia nos aleja de ella.

Cuando alguien pierde un brazo o una pierna, sabemos exactamente lo que falta; pero con la pérdida de memoria, algo más que los recuerdos que está en juego. La memoria no sólo sirve para recordar y la pérdida de memoria no se trata sólo de olvidar.

La memoria es responsable de crear continuidad, significado y coherencia tanto para nosotros como para los que nos rodean. Su integración en todas las funciones de la vida, desde hablar y aprender a la formación de relaciones, hace que su pérdida sea más difícil de comprender, ya que las repercusiones visibles – la repetición, la confusión, la ansiedad y los cambios de humor – nos distraen de las privaciones más profundas, más intangibles.